Apuntes dedicados, como no podía ser de otro modo, a la Presidenta de la República de las Maravillas. Empecemos:

Alfonso de Zamora debió de nacer en Zamora (o en algún lugar probablemente del alfoz de la ciudad) hacia 1474. Nació, se crió y creció judío, de padre judío. Zamora, a finales del siglo xv, era un foco brillantísimo de actividad intelectual judía. A principios de 1492, Fernando II de Aragón (y V de Castilla) e Isabel I de Castilla, los llamados Reyes Católicos, dieron orden de conversión forzada o expulsión a todos los judíos de sus reinos. Esto incluyó, en un primer momento, todos los reinos de Castilla (para saber cuantos reinos había en “Castilla”, basta repasarse las larguísimas listas con las que empezaban sus escritos oficiales los reyes de las Españas). A la vez, la misma medida se ejecutó en Aragón, Cataluña, Reino de Valencia (o, sin más, Valencia) y Mallorca (o “Mallorcas”), es decir, los reinos privativos, esto es, de los que era “rey propietario” Fernando II. Al cabo de seis meses, según el decreto (aunque en realidad llamarlo “decreto” sea un anacrónismo), los judíos tendrían que haber abandonado Castilla y Aragón (por resumir las subdivisiones territoriales y por respetar el uso de la época). Los que decidieran quedarse residiendo en ambos conjuntos territoriales, tendrían que pasar por el bautismo forzoso. Esto vino a provocar una segunda gran ola de bautismos forzados, incrementando los rangos de los conversos, esto es, los “cristianos nuevos”, conversos al cristianismo de ascendencia judía (o mora). En 1391, una extraordinaria ola de violencias antijudías (que no pogromos; no confundamos) había devastado las juderías (que no pueden o no constituirse en aljama) de la Península, principalmente de Castilla y Aragón (y de nuevo, “Aragón” es sinónimo de los dominios privativos del rey de Aragón). Esta ola de violencia dio lugar a la primera ola masiva de conversiones, forzosas en su mayor parte, que dieron lugar a la que algunos denominan la “clase social” de los conversos, aunque a mí el término me parezca abusivo. Apenas cien años después, el real matrimonio de Fernando e Isabel expulsó a los judíos. Según las investigaciones más recientes, y las que a mí me merecen más crédito, sería erróneo pensar que 1391 es anuncio de 1492. La vida judía, en todos los órdenes, se recuperó en ese siglo que media entre uno y otro acontecimiento. Aunque algunas comunidades judías desaparecieron, otras florecieron. Pero el fenómeno de los conversos se fue extendiendo, con toda clase de ramificaciones sociales que hacían cada vez más intensas las tensiones entre grupos de conversos, cristianos de los llamados “viejos” y judíos. Parece sensato suponer, y ese es el consenso actual de la investigación, que con la expulsión se buscó el apaciguamiento, si no la desaparición directa, de esas tensiones, la paz social y la concordia civil entre todos los segmentos de la población, sea cual fuera su origen religioso. No hace falta saber mucha historia para comprender que los estadistas que diseñaron la expulsión, y los reyes que la sancionaron, erraron el tiro. Ahí están los estatutos de limpieza de sangre, omnipresentes (que no siempre necesariamente eficaces) en las Españas de los siglos xvi, xvii y xviii.

De manera que no tuvieron los Reyes de Castilla causa por la que desterrarnos de sus Reynos, más de la que manifestaron de que incitábamos a sus nobles a judaizar. Y es cierto que no se atraen los ánimos nobles, ni los mueven, sino exemplos de vida virtuosa y discursos de vida verdadera.

Immanuel Aboab, Nomología o discursos legales, 5389 AM / 1629 EC, pág. 291.

En semejante contexto tenemos a Alfonso de Zamora con dieciocho años, más o menos, dotado, según podemos colegir de su obra posterior, de una notable formación en las disciplinas del judaísmo, principalmente exégesis, gramática, prosodia y caligrafía. Esto no quiere decir ni que fuera rabino, de lo que no se conserva ninguna prueba descubierta hasta ahora, ni de que a los dieciocho años pudiera ser ordenado rabino, como ha querido ver algún autor de finales del xix.

Existen dos hipótesis principales sobre la conversión de Alfonso de Zamora. La primera afirma que la conversión se efectuó en el mismo año de 1492. Pruebas no hay ninguna y la lógica sin evidencia testimonial no debe ser un recurso para hacer historia. Simplemente, el hecho de que pasase toda su vida, hasta donde nosotros sabemos, sin salir de Castilla (los alrededores de Zamora, Salamanca y Alcalá de Henares), puede hacernos sospechar que no debió de salir de la Península. En consecuencia, para llevar una existencia “legal”, el término post quem de su conversión habría que hacerlo coincidir con el final de la vida “legal” del judaísmo en Castilla y Aragón.

La segunda hipótesis implica que Alfonso (y su padre, del que hablaremos después) se marchasen de Castilla en 1492, para volver, convertidos (porque si no,  ¿cómo se explica que pudiesen entrar en la Península?) en 1506. Por qué en 1506 y no antes ni después, habrá que preguntárselo a los que han emitido tal hipótesis. A mí me sobrepasa mi limitada inteligencia, tirando a positivista moderada. Además, ¿dónde se habrían ido? En 1496, el rey de Portugal, a consecuencia de muchas presiones -incluida la matrimonial, porque era yerno de los Reyes Católicos – ejecutó la misma medida de expulsión contra los judíos de su reino, entre los que se contaba un buen número de refugiados, sobre todo castellanos. En 1498, Navarra (a la que aún le quedaban catorce años para ser invadida por Castilla e incorporada a los dominios privativos del rey de Castilla) ejecutó la misma medida, así que 1498 es la última fecha de residencia legal de algún judío dentro de toda la Península Ibérica (y dominios adyacentes de los diversos reinos peninsulares).
En los dominios italianos del rey de Aragón, la medida de expulsión aún tardó algún tiempo en ponerse en práctica, por razones que a mí me son desconocidas pero que han debido ser estudiadas en alguna parte (hay gente pa tó). Si no recuerdo mal, las fechas de expulsión de judíos napolitanos y sicilianos son ya de la primera década del siglo xvi. [Actualización: pues sí, parece que recorbaba mal.]

En resumen, lo más probable es que alguien que no se llamaba Alfonso de Zamora, se encontrase alrededor de 1492 viviendo en el barrio de los zapateros de Zamora (porque nuestro hombre, antes de académico, fue zapatero bastantes años), habiendo cambiado de religión y mudado el nombre, del que tuviera cuando judío a “de Zamora”, por la ciudad que era la suya, y “Alfonso”, santo patrón cristiano de la ciudad.

Y por cierto, sin tener tratamiento de don, que sobre todo a partir del xvi era tratamiento de los bachilleres y nuestro Alfonso vivió aún en una época feliz en que se podía llegar a duradero regente de cátedra en una universidad puntera en Europa, como fue la cisneriana de Alcalá de Henares, sin tener título ni diploma.

Supongamos que entre 1492 y 1508  Alfonso llevó una vida, quizá apacible, de zapatero en Zamora. Pero sus talentos de hebraísta no debían de ser totalmente desconocidos.

En los primeros meses de 1508, anunciada vacante la cátedra de “hebrayco, caldeo y arábigo”, opositan Juan Rodríguez de Peralta, el italiano Diego de Populeto, el dominico Juan de Vitoria, el bachiller Parejas, el licenciado Juan de Ortega y el judeoconverso Alonso de Arcos o de Zamora. El rector salmantino indico que a Populeto se le podía encargar que enseñase por dos años

y no con todo el salario, salvo con parte dello, e que parte se dé a quien platique con él, que sea uno de los tornadizos que saben bien el hebraico: uno el zapatero y el otro Diego Lopes, tañedor.

Carlos Carrete Parrondo, Hebraístas judeoconversos en la Universidad de Salamanca (siglos XV-XVI), Lección inaugural del curso académico 1983-1984; Salamanca: Universidad Pontificia de Salamanca, 1983, pág. 17

Una orden del 5 de junio de 1509 detuvo el proceso de contratación de Al(f)onso en Salamanca y solo en 1510, y con la mediación del rey (que seguía siendo don Fernando), se pudo contratar a Alfonso, por 5.000 maravedíes. En 1511, se decidió que “Alonso de Arcos, zapatero, podía mejor enseñar la lengua” y se le asignaron 6.000 maravedíes hasta acabar el curso.
Como se acreditó que era “persona suficiente e hacía fruto”, se le prorrogó, en octubre de 1511, el contrato por dos años más. Hay que notar que Alfonso, en esa época salmantina, estaba muy lejos de contar con una “plaza de titular”, sino que solo la tenía de profesor “asociado”, más o menos bien pagado.

1512 es el año de la llegada de Alfonso al claustro alcalaíno, después de que alguna intriga pasillera a la que tan aficionados han sido desde siempre los universitarios se lo llevara por delante en Salamanca. Pero eso, el preámbulo de la época más larga y fructífera, aunque no exenta de amarguras, de su vida, lo dejamos para el siguiente curso de alfonsinismo zamoresco.