Hay tesis que combinan el esfuerzo con la incuria, como la de E. No es tan grave, sin embargo, como los catálogos que combinan la maledicencia con la rapidez ventajista y el descaro trepa. La inutilidad soberbia, convertida en práctica académica, es una de las tradiciones más despreciables que atenazan esta vocación mía que decidí hace tiempo convertir en mi carrera. Y luego están los países en que ese mismo descaro soberbio se ha convertido en una práctica tan común como banal, y se ha introducido ya sin remedio en el subconsciente colectivo. Como Italia. O como mi país (sean cuáles sean sus límites). O como, hélas!, la Francia a la que pese a todo tanto debo.

Pero luego están los otros, los que sostienen el mundo: los equivalentes de la antigua Torá, la liturgia del Templo y las obras pías de caridad en la que se sostenía el mundo rabínico. La tesis de Gláucia (parabéns, Glaucinha!) que alía rigor y concisión con una imagen novísima del registro material librario de los primeros tiempos de la conquista castellana de la Nueva España. O la tesis que será clásica sobre el manuscrito T 19 (olim!) de la Real Academia de la Historia de Madrid. O el libro recién salido y recién llegado a mis manos de Marina, cuyo estilo ágil y legible está a la altura de lo novedoso de sus hipótesis y que nos vuelve a confirmar que, en realidad, los seres humanos nunca somos distintos ni estamos tan separados. O mi verdadera alma mater mancuniana, un refugio de bonhomía y subversive scholarship, donde cada libra y cada penique tiene la justificación de, ya que no resulta fácil cambiar el mundo sin más, lograr que seamos, al menos, más sabios para ponernos a la tarea de cambiar el mundo.

Estos son algunos de los hitos que no me dejan perderme en el camino. Puesto que las carreteras son tantas y tan diversas, cada cual tendrá su lista de piedras miliarias. Pero si las uniéramos, seguramente podríamos hacer un mapamundi en que nadie estaría separado de los demás por menos de seis grados de decencia.

Hoy quería asegurarme y aseguraros de que nada está perdido: que tot està per fer i tot és possible. Y porque hoy es el cumpleaños de Gláucia, en la otra orilla atlántica. Y en esta, también.

Canción para ese día

He aquí que viene el tiempo de soltar palomas
en mitad de las plazas con estatua.
Van a dar nuestra hora. De un momento
a otro, sonarán campanas.

Mirad los tiernos nudos de los árboles
exhalarse visibles en la luz
recién inaugurada. Cintas leves
de nube en nube cuelgan. Y guirnaldas

sobre el pecho del cielo, palpitando,
son como el aire de la voz. Palabras
van a decirse ya. Oíd. Se escucha
rumor de pasos y batir de alas.

Jaime Gil de Biedma