Lo que en francés (lengua canónica no solo de mi -futura- tesis, sino de la histoire du livre en general) llaman mise en page (¿o acaso será mise en texte?) formará una parte fundamental, por fuerza, de mi investigación. Casi todos los manuscritos que copió Alfonso de Zamora son, al menos, bigrafémicos, neologismo algo horrendo pero útil para decir que en el cuerpo del texto el copista (¿o escriba? ¿o amanuense? ¿o escritor de libros o de letra gruesa?) se las tiene que apañar con dos sistemas grafémicos; en el caso que me ocupa, latino y hebreo. De momento y a falta de mejor hipótesis, el único caso que se haya quedado, por completo, con una columna hebrea copiada y otra ¿latina?, ¿española? sin traducir y copiar es el manuscrito del Libro de la sabiduría de Dios o de la sabiduría divina o, ¿por qué no? de teología (que tuvo la desventura de caer en manos de un Federico Pérez Castro doctorando, en la época en que, por exilio o defunción -por muerte natural o por ejecución sumaria en una cuneta-, casi cualquier cosa valía en la raquítica academia española de la Posguerra civil).

En el caso de los libros que compuso Alfonso, frutos de un lucrativo negocio de extensión de la cultura hebrea y judía (él demostró por sus obras que no siempre ambos términos son sinónimos), la delicada trama de estrategias librarias y textuales que despliega en sus libros es uno de los principales enigmas que habrá que intentar resolver. Por eso me alegra encontrar citas, concisas pero bellamente escritas, del tenor de la que hoy me hace escribir este apunte:

[…] A written text presupposes an indeterminate audience disseminated over distance or time, or both. A scribe had no immediate respondent to interact with, therefore he had to observe a kind of decorum in his copy in order to ensure that the message of the text was easily understood. This decorum – the rules governing the relationships between this complex of graphic conventions and the message of a text conveyed in the written medium – may be described as “the grammar of legibility”.

Malcolm B. Parkes, Pause and effect: An introduction to the history of punctuation in the West, Aldershot, Scolar, pág. 23.

A lo mejor Emma tenía razón y Alfonso no fue «una buena persona», como yo afirmo dejándome llevar por un brote sentimental inevitable que le tiene que afectar a todo el que se pasa cuatro años (¡ya!) con el mismo tipo y sus huellas materiales, de sol a sol, todos los días del año. Quizá no fue una brava gente este Alfonso, pero la gramática de la (inte)ligibilidad que trasciende de un vistazo, siquiera somero, de sus libros copiados, hace que le sospeche, al menos, un artesano del decoro. Un explorador tenaz de la mínima felicidad que surge de unos pocos centímetros cuadrados de trabajo bien hecho:

Il suo era un mestiere umile -diceva-, anzi umilissimo: nessuno più di lui ne era persuaso. Grazie ad esso, però, non soltanto aveva potuto sbarcare decorosamente il lunario fino da ragazzo, ma resistere senza mai piegare la schiena durante tutti gli anni della dittatura. E poi che cosa credeva, il signorino Bruno, che fare il calzolaio non presentasse dei lati interessanti? Qualsiasi attività umana ne presenta. Basta esercitarla con passione, riuscire a conoscerla nei suoi segretti.

Giorgio Bassani, Il romanzo di Ferrara, pág. 152 (Milán, Oscar Mondadori, 1991, colección «Scrittori del Novecento», vol. i).

Zapatero, pues, como parece que fue Alfonso antes de poder dedicarse con empeño y obstinación a transmitir los secretos de los «veinticuatro libros que brillan como zafiros».