La tesis de E.: una demostración de que a pesar de los años invertidos, de los viajes hechos, de la investigación directa de las fuentes, de los dineros gastados, de las noches sin dormir, de las páginas escritas, de los números representados, de los gráficos, las tablas y las estadísticas, de una cierta ambición, el primer rigor se basa en el mismo amor que le pone mi madre a que las junturas de las sabanas de la cama formen un monumento doméstico a la geometría efímera. Al cuidado. A un cierto cariño de las cosas bien hechas, el orden aprendido, la honradez entendida como una de las bellas artes.

No es una condición última, pero sí necesaria.

Lo demás, irrita. Profundamente.

Si consiguiera alejar toda sombra de repetición mecánica de una plantilla prête-à-porter, enemiga del saber  (y de saber dicen que tienen que estar hechas las tesis. Vaya Vd. a saber…), quizá la propuesta filosófica sistémica de Mario Bunge sería un buen punto de partida para intentar darle algo de sentido a la investigación de lo escrito, que dado el siglo que nos ocupa llamamos paleografía. Quizá todo análisis de la morfología de la letra escrita dependa de la composición, el entorno, la estructura y el mecanismo para que los que la vemos, cargados de desprecio o de admiración, vayamos sabiendo de qué estamos hablando:

Una consecuencia gnoseológica del sistemismo ontológico es que para conocer un sistema, sea este físico, químico, biológico, psicológico o social, resulta necesario aplicar el enfoque CESM. En otras palabras, la investigación de un sistema concreto requiere de la descripción de su composición (C), entorno (E), estructura (S) y mecanismo (M).

  • La composición de un sistema es la colección de sus partes (protones, neutrones y electrones en el sistema atómico; personas, empresas, clubes y barra de amigos en el sistema social) y se las llama componentes.
  • El entorno es la colección de cosas que modifican a los componentes del sistema o que resultan modificados por ellos, pero que no pertenecen a la composición (fotones que excitan al átomo de interés y el trigo que el hombre convierte en pan).
  • La estructura es la colección de relaciones o vínculos que establecen los componentes. Los vínculos que se dan entre los componentes de un sistema constituyen la endoestructura, mientras que los establecidos entre los componentes y elementos del entorno conforman la exoestructura del sistema.
  • El mecanismo es la colección de procesos que se dan dentro de un sistema y que lo hacen cambiar en algún aspecto (el mecanismo de radiación electromagnética de un átomo es un proceso en el que un electrón cambia de estado de energía, el comercio es un mecanismo económico de los sistemas sociales humanos). Más precisamente, si bien el conocimiento de un sistema concreto radica en la descripción de los cuatro aspectos mencionados, la explicación científica del comportamiento del mismo la brinda la descripción de su(s) mecanismo(s), es decir de los procesos de los cuales resultan la emergencia, la estabilidad, el cambio y la desintegración de un sistema.

Partiendo de esta pluralidad de perspectivas [sobre la memoria] deberemos afrontar a continuación el papel de los historiadores como configuradores de la memoria, un tema al que se han dedicado obras monumentales, como los famosos Lieux de la mémoire [1], una serie en varios volúmenes coordinada por Pierre Nora en la que se analizan todos los aspectos del pasado de Francia y su recuerdo a través de los lugares, los textos y los monumentos, así como las conmemoraciones. Sin embargo, este esfuerzo descriptivo no ha sido acompañado de un esfuerzo analítico equiparable. Normalmente los historiadores, un gremio que es muy aficionado a utilizar las palabras sin reflexionar sobre su significado, han pasado a hablar de la memoria o de la memoria histórica asimilándolasin más a la historia, cuando hay autores, como A[gustín] García Calvo [...] que creen, con mayor o menor razón, que la historia es el principal enemigo de la memoria popular, lo que muchas veces es cierto. Por ello, y para evitar caer en generalizaciones abusivas, sería conveniente establecer una tipología, aclarar los modos en los que los historiadores pueden hablar del pasado.

José Carlos Bermejo Barrera, ¿Qué es la historia teórica?, Tres Cantos, Akal, 2004, págs. 53 y 54.

Luego, claro, también está la Benbassa, pero hoy es jour de fête y no me lo quiero amargar.

[1]: La disparition rapide de notre mémoire nationale appelle aujourd’hui un inventaire des lieux où elle s’est électivement incarnée et qui, par la volonté des hommes ou le travail des siècles, en sont restés comme ses plus éclatants symboles : fêtes, emblèmes, monuments et commémorations, mais aussi éloges, archives, dictionnaires et musées. [...] Plus qu’une exhaustivité impossible à atteindre, comptent ici les types de sujets retenus, l’élaboration des objets, la richesse et la variété des approches et, en définitive, l’équilibre général d’un vaste ensemble auquel ont accepté de collaborer plus de cent historiens parmi les plus qualifiés. La matière de France est inépuisable.
Au total, une histoire de France. Non pas au sens habituel du terme ; mais, entre mémoire et histoire, l’exploration sélective et savante de notre héritage collectif.

A veces consigo atemperar la galofobia que me produce, instintivamente, la verborrea galicana. Será seguramente un trait de style nacional, pero me resulta imposible sancionarlo. Pero de vez en cuando se ve una luz. Por ejemplo, en el programa que emiten en este preciso instante en France Culture: http://www.radiofrance.fr/chaines/france-culture2/emissions/sciences_conscience/

con Gérard Simon de invitado principal:

L’imaginaire d’un savant, conclut Gérard Simon, “s’alimente donc à toutes les sources dont il dispose”. Il faut alors admettre que du faux peut sortir du vrai, que l’attachement à des idées révolues peut jouer un rôle moteur dans les découvertes. Plus généralement, l’histoire des sciences enseigne que le “rationalisme impénitent” des grands chercheurs ne se réduit pas à l’application d’une méthode expérimentale standardisée. Et que la philosophie et la religion ne sont pas toujours des obstacles épistémologiques. Ainsi, le symbolisme mathématique joue un rôle majeur dans les progrès de la physique, et la chimie elle aussi un langage à part entière.

Le propos de Gérard Simon sur les progrès des sciences vaut par la vigueur avec laquelle il écarte les évidences simplistes rassemblées sous le nom de “méthode expérimentale”. Le second motif d’intérêt du livre, et sa plus franche originalité, repose sur la mise à contribution de l’oeuvre de Michel Foucault. En lecteur avisé de L’Archéologie du savoir, l’auteur dessine les grandes lignes d’une articulation de l’archéologie et de l’histoire, de l’effort pour dégager les vestiges et de la volonté de reconstituer le travail d’un savant. Dans le sillage de Foucault, Gérard Simon refuse la figure d’un “sujet fondateur” : l’homme ne peut être tenu pour la source ultime de sa propre pensée, et “l’innovation ne dépend pas seulement du sujet innovant”. Mais si les règles anonymes de formation des discours s’imposent aux savants et balisent leur terrain de travail, elles ne congédient pas pour autant la personnalisation de la découverte. Les analyses de Foucault permettent à Simon de penser les sciences à partir des territoires où elles apparaissent, donc d’apporter une réponse nuancée à une question classique, celle de la part des individualités savantes dans la production des connaissances ; celle, en définitive, de savoir si les hommes sont les auteurs de leur propre histoire.

Un livre de fonds, un livre de réflexion, como dice el presentador, Philippe Petit.

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