Estudiar no vol pas dir solament llegir i repetir. Estudiar vol dir llegir i a més a més reflexionar, relacionar, integrar, detallar, aclarir, absorbir, rebutjar, decidir –saber el que té importància i el que no en té. És una operació enormement complexa i al mateix temps naturalíssima. Estudiar és fer funcionar l’esperit, partint de vegades de l’esperit mateix o per incitació de coses que provoquen una curiositat: és a dir, que agraden positivament. El que no agrada, el que no provoca un grau o altre de fascinació, no pot ésser objecte de reflexió, d’estudi. No hi ha atenció ni aproximació possible. Estudiar és una forma de l’amor –en definitiva una forma de la sensualitat: la carícia mental més fina i delicada que l’esperit pot produir.
«Has de saber... que... con...» ('Mikhlol' hispano-hebreo de la Nacional de Madrid).
Estudiar no quiere solo decir que se lee y se repite. Estudiar quiere decir leer y, además, reflexionar, relacionar, integrar, detallar, esclarecer, absorber, rechazar, decidir: saber lo que tiene importancia y lo que no. Es una operación enormemente compleja y, a la vez, naturalísima. Estudiar es poner en marcha el espíritu, a veces a partir del mismo espíritu o porque incitan las cosas que provocan curiosidad, es decir, que complacen positivamente. Lo que no gusta, lo que no provoca uno u otro grado de fascinación, no puede convertirse en objeto de reflexión, de estudio. No hay atención ni aproximación posible. Estudiar es una forma del amor. Por así decir, una forma de la sensualidad: la caricia mental más fina y delicada que puede producir el espíritu.
Josep Pla, El quadern gris (« El cuaderno gris »), anotación del 19 de octubre de 1919.
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Porque ha salido un raro día espléndido en París, de escarcha cálida y de aire frío que sonríe a la vez que pasa y deja un temblor que nos suscita dudas, quizá le podríamos perdonar a Pla lo que dice en el mismo apunte del « blog » que escribió mucho antes de que existieran los blogs. Lo de « castellanismo infecto », quiero decir. Al fin y al cabo, todos tenemos días buenos, días malos e ideologías censurables. Mejor quedarse con la « caricia mental », más fina y delicada, que con un vulgar desprecio. No hay razones para pensar que no sea verdad que toda caricia, toda confianza dada y recibida, no acabe por sobrevivir.
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Versión de Rita Botto del tema « Stranizza d’amuri » (‘De un raro amor’) de Franco Battiato, en el disco homónimo publicado en 2004.
El historiador, al tratar con el pasado, deberá utilizar las categorías de presencia y ausencia de un modo diferente al científico natural. En su caso no se podrá pasar de la presencia inmediata a la mediata, puesto que el pasado ni existe ni es observable. Y el utilizar al documento como instrumento para pasar de la presencia inmediata a la mediata es una falacia, ya que el documento ni hace presente al acontecimiento ni hace presentes a las personas del pasado, únicamente nos permite imaginar esas acciones y las sombras de esas personas, de acuerdo con las reglas que nuestra imaginación nos dicta. […]
La Historia es el saber de la ausencia, de una ausencia, además, que es irrecuperable; porque si examinamos las tres categorías de modalidad veremos que, al contrario que en las ciencias naturales, en historia [sic] la categoría de necesidad no posee aplicación, puesto que el devenir de los acontecimientos no está regido por leyes. En la Historia asistimos al dominio de la categoría de efectividad, unida, claro está, a la de posibilidad. […]
Si la Historia es el dominio de lo contingente, de lo que de posible ha llegado a ser efectivo y también es el dominio de la ausencia, de una ausencia que nunca podrá convertirse en una presencia efectiva e inmediata, entonces los historiadores actúan de la forma más opuesta a la de los científicos naturales. Estos últimos se negaban a reconocer rotundamente la presencia no efectiva, el historiador, por el contrario, no solo ha de partir de ella, sino, lo que es más problemático, quedarse precisamente ahí. El historiador sería como un mago, que pretende conjurar un pasado al que ya no puede volver gracias a la ayuda de un lenguaje en el que los enunciados realizativos funcionarían al revés, ya que no crean el futuro, como los imperativos, sino el pasado. El historiador lanza su discurso ante el pasado y la ausencia, pero no lo hace por razones sentimentales ni tampoco está solo. Su discurso es un discurso compartido, es ante todo un hecho social. Con él, aún siendo en el fondo consciente de la futilidad de su empeño, intenta, más que actualizar un pasado ausente reafirmar la existencia del presente, de un presente que, sobre todo a partir del siglo xix europeo, ha necesitado colonizar el pasado, colonizar lo que ya no es con el fin de poder controlar lo que será.
No tiene sentido, pues, como se suele decir, liberar el pasado, o descolonizarlo, pues, dada su falta de densidad ontológica, sería lo mismo que colonizar la nada. Los pasados básicamente se imaginan. Una corriente historiográfica es, ante todo, un conjunto de metáforas compartidas por los historiadores y su público, que pretenden describir lo que ya no es y otorgarle un sentido diferente al que tuvo y que no puede tener. Lo malo de las metáforas es que pueden colisionar entre sí, trayendo consigo víctimas, a veces mortales. Si la Historia no quiere conformarse con ese papel de suministradora de metáforas listas para la lucha deberá volverse hacia sí misma, pasar del objeto que cree describir al sujeto que lo construye y fundar sobre el análisis de las reglas que permiten esa construcción una disciplina que establezca sus límites, su legitimidad y que permita liberarse de su papel de instrumento de colonización de lo que ya no es para establecer el control de lo que será. Es a ese saber crítico de la historia que se puede contribuir, como en este caso, con el análisis de dos de las categorías del entendimiento histórico, cuyo buen uso era necesario establecer.
José Carlos Bermejo Barrera, ¿Qué es la historia teórica?, Tres Cantos (Madrid), Akal, 2004, págs. 84 y 85.
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«El hombre que perdió su nombre…», foto de Manuel Orero («Perolo Orero»), 2 de diciembre de 2008 (Coda: no se me pierdan la descripción de la fotografía a la que se llega clicando en su título).
Sin embargo, este carácter fáctico y necesario del pasado, que parece estar tan claramente enunciado, se encuentra ante una dificultad fundamental, y es que, en contrapartida también podríamos decir, que [sic] lo que caracteriza al pasado, y sobre todo al pasado histórico, es precisamente el no estar presente, el no estar entre nosotros. En este sentido el pasado, por el contrario, vendría a resultar inaprensible y el conocimiento histórico, lejos de marchar por el seguro camino de la ciencia, vendría a adquirir un carácter problemático.
Para resolver este dilema, que quizás sólo sea aparente, convendrá, pues, que iniciemos un análisis de dos categorías del entendimiento histórico, ausencia y presencia, que estarían en directa relación con las categorías de modalidad, posibilidad, efectividad y necesidad, al ser quizá dos aspectos de la segunda de esas categorías, la de efectividad. Estas dos nuevas categorías, como esperamos mostrar, poseen una indudable importancia dentro del ámbito del conocimiento histórico. Su análisis deberá llevarse a cabo desde una triple perspectiva, epistemológica, antropológica y sociológica, impuesta por las características específicas de este tipo de conocimiento.
I
Las categorías de ausencia y presencia no son exclusivas del pensamiento histórico, como todas las categorías del entendimiento son utilizadas sistemáticamente en nuestra vida cotidiana, y, por supuesto, son fundamentales para el desarrollo del conocimiento científico. […]
La existencia de una ley científica, como la de la gravitación, no sólo permite describir el universo en su estado presente, sino, lo que es más interesante, predecir el futuro y, consecuentemente, describir el pasado. La ley es el instrumento básico de articulación del tiempo –o más bien el conjunto de leyes–. Los acontecimientos no son más que casos que ejemplifican el cumplimiento de dicha ley bajo un conjunto de condiciones dadas. La ley, que se formula en presente y, por supuesto, bajo la categoría de la necesidad, da también cuenta de las categorías de posibilidad y efectividad, pues es en función de ella como un acontecimiento se hace posible y llega a ser efectivo. Sin leyes el conocimiento científico no sería posible, sin leyes no puede utilizarse la categoría de necesidad, sino únicamente las de posibilidad y efectividad. Deberemos por ello plantearnos que ocurre en el caso de la historia, un saber sin leyes que privilegia lo fáctico del pasado hasta el punto de excluirlo –es un modo de hablar– de la competencia de Dios.
II
A la hora de analizar las categorías de ausencia y presencia en el ámbito del pensamiento histórico deberemos distinguir dos niveles, que por otra parte se hallan estrechamente relacionados: el antropológico y el sociológico. Es sabido que cada sociedad crea un determinado tipo de seres humanos, por lo que el determinismo sociológico siempre tiene parte de razón. Pero también lo es el que la especie humana posee unas características básicas en común que muchas veces pueden sobrepasar las barreras sociales y culturales, por estar quizás entroncadas en los mecanismos biológicos y psicológicos básicos de la condición humana. […]
Si en el pensamiento científico no podía hablarse de una presencia absolutamente no efectiva, en el caso del pasado humano, por el contrario, sí que tiene sentido hablar de una ausencia absoluta, la de todos aquellos que quedan más allá de la memoria de los vivos, de aquellos que ningún artificio puede hacer presentes, y que, sin embargo y paradójicamente, constituyen precisamente el objeto de estudio la historia que intente abarcar algo más que el tiempo presente. Muchas veces los seres humanos prefieren perder la razón antes que la esperanza. En el caso de la muerte, los ritos y las representaciones funerarias, la antropología y la historia son una buena prueba de ello. La humanidad parece que ha querido negar el carácter ineluctable de la muerte y al igual que el pensamiento científico parece no querer admitir la ausencia radical de algunos, o quizás la mayoría –si tenemos en cuenta el tiempo histórico transcurrido– de sus miembros. Lo que los esfuerzos individuales y colectivos han intentado hacer para lograr la presencia de los difuntos lo ha venido haciendo a nivel colectivo, tanto en cuanto género literario como en cuanto saber supuestamente científico. Por ello será necesario pasar ahora del nivel individual y afectivo al nivel colectivo y de las representaciones sociales, que es en donde la historia halla su lugar.
José Carlos Bermejo Barrera, «La modalidad en la Historia: Ausencia y presencia: dos categorías del entendimiento histórico», ¿Qué es la historia teórica?, Tres Cantos (Madrid), Akal, 2004, págs. 71, 72, 76, 78 y 79.
(Coda: Mira que había leído veces a Bermejo Barrera y solo ahora me dio cuenta del uso tan atroz que le da a las comas.)
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«Ausencia presente» (última), foto de Álvaro Pérez Mulas, 23 de agosto de 2008.
Un sueño de poder estar juntos / Vuelto un lío más brillante / Un signo desvaído es lo que mejor digo / Ahora, ahora. / Deja sitio a lo más sencillo: / No encontrar las horas es lo nuestro / Un destino o un anhelo, / Ya lo sé. / Pues yo tuve suerte / Por leer letras y no escribirlas, / Sacándole fotos a cualquiera, / Ya lo sé. / Deja a los rayos de sol / Deja a los rayos de sol / Deja a los rayos de sol, déjalos entrar / Para que nos enseñen que mañana puede no ser: / Cuando el día se acaba es cuando lo sabemos.
Au Revoir Simone, «The Lucky One», del álbum The Bird of Music, 2006.
Se os invita, por tanto, a que lo leáis con benevolencia y atención y que nos excuséis los pasajes en que podemos dar la impresión de traducir mal algunas expresiones, a pesar de nuestros esfuerzos de interpretación.
Eclesiástico («Sabiduría de Jesús, hijo de Sira [o Sirácida]»), prólogo, v. 15 (¿traducción de Natalio Fernández Marcos? BAC, Madrid, 1974).
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One of my fundamental assumptions has been that ancient texts are not windows into the past but artifacts of it. As such, they are never transparent and cannot speak for themselves. To be sure, they may provide gross information, and so it is not completely illegitimate to mine positivistically, provided only that one does so cautiously and skeptically. Such positivism has served as the foundation of all we know about antiquity, and though every inch of this foundation merits scrutiny and debate, sometimes these issue in affirmations of historicity. That having been said, though, the project of producing detailed social or cultural histories of Judaea in the Achaemenid and Hellenistic periods or of the ”world of the New Testament” or that of the Mishnah and Talmud has rarely yielded convincing results. The authors of such works, unless they adopt criticism or skeptical aporia as their goals, always underestimate the amount of information required to produce a convincing history. The scraps we have at our disposal are simply not enough.
Una de mis ideas fundamentales es la de que los textos antiguos no son ventanas abiertas al pasado sino sus artefactos. De tal manera, no son nunca transparentes ni pueden hablar por sí mismos. Qué duda cabe de que pueden proporcionar información en bruto, por lo que no resulta completamente ilegítimo sacarles partido con métodos positivistas, con la salvedad de que tal cosa se haga con escepticismo y cautela. Tal positivismo ha servido de base para todo lo que sabemos sobre la antigüedad y, aunque merece en todas y cada una de sus partes escrutinio y debate, a veces generan afirmaciones de historicidad. Dicho esto, sin embargo, el proyecto de producir detalladas historias sociales o culturales de Judea en los periodos aqueménida y helenístico, o del «mundo del Nuevo Testamento», o de la Misná y el Talmud, pocas veces han dado frutos convincentes. Los autores de tales obras, salvo que adopten como óbjetivos la crítica o la aporía escéptica, siempre minusvaloran el grado de información que se necesita para producir una historiografía convincente. Sin más, los pecios de que disponemos son insuficientes
But since they are artifacts, texts can still be used; they just have to be treated differently. Some historians, including myself, may be slightly uncomfortable with the idea, but we have to figure out ways of reading them, with minute attention to detail, as expressions of sets of concerns or interests, because that is way they are. […]
Pero, ya que se trata de artefactos, los textos aún pueden ser de algún uso: solo hace falta tratarlos de otra manera. Esta idea puede provocar a algunos historiadores, incluido yo mismo, cierta incomodidad, pero tenemos que discurrir formas nuevas de leerlos, con meticulosa atención al detalle, como formas de expresión de determinadas preocupaciones o intereses, porque eso es lo que son. [...]
The historicity of the tale is debatable, the fact that someone told it, fixed its form, and eventually wrote it down is not: it is true by definition, and so constitutes a much firmer foundation for the production of a historical account than either positivistic investment in the story’s truth or blanket skepticism about it. […]
La verosimilitud histórica del cuento puede debatirse pero no el hecho de que alguien lo contó, fijó la forma y, andando el tiempo, lo puso por escrito: es verdad por definición, lo que constituye una base para la producción de un relato histórico mucho más firme que centrarse con ambición positivista en lo veraz de la anécdota o en negarla sin más movido por el escepticismo. [...]
I have spent many of the foregoing pages exemplifying my model’s utility as an exegetical tool as well. It has constituted an effective way of resisting the ”Hallmark card” school of Ben Sira interpretation, whose point is precisely to deprive the sage’s apophthegms of all their social and cultural specificity and transform them into bland religious-ethical sentences. […]
En buena parte de las páginas precedentes, he dado asimismo ejemplos de la utilidad de mi modelo como herramienta exegética. Me ha servido como eficaz medio de resistirme a la escuela de «tarjeta de felicitación» que se ha aplicado a la interpretación del Sirácida, cuyo argumento busca precisamente privar a los apotegmas del sabio de su especificidad social y cultural y transformarlos en insípidas máximas ético-religiosas.
Del último libro de Seth Schwartz, Were the Jews a Mediterranean society: Reciprocity and solidarity in Ancient Judaism («¿Conformaron los judíos una sociedad mediterránea? Mutualismo y solidaridad en el judaísmo antiguo»), Princeton NJ, Princeton University Press, 2009, págs. 175 y 176.
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Estaremos al tanto de las reseñas que deberán llegar de este volumen, por gente provista de más ciencia que nosotros que deberían iluminarnos (para eso deberían hacerse las reseñas), pero parece una obra pertinente y relevante. Lo de que los textos antiguos no son ventanas del pasado, aunque la tesis contraria se repita con insistencia también en cenáculos filológicos, me suena a Samely, pero la búsqueda de Google Books me dice que mi alemán de Mánchester no comparece en el libro de Schwartz. Una idea quizás muy simple, hasta simplista: como tantas otras de su género, asombra que el fundamento metodológico de nuestras disciplinas humanísticas parezca ser alejarse todo lo posible de estas muy simples, simplistas, inmediatas bases del método. Como si la diferencia (aristotélica) entre las categorías de ausencia y presencia, tan acuciante para el pensar «históricamente», fuera una banalidad filosófica más que un análisis primero y fundamental. Tendremos que hablar más detenidamente de la ausencia y la presencia históricas.
Parece que hay toda una escuela «historicista» que se va asentando poco a poco para el estudio del Talmud. Hay alguna concomitancia con lo que deberían ser las bases epistemológicas de la codicología: tomar el texto (y en el caso de los codicólogos, su soporte) como argumento histórico principal. Pero tengo la impresión, provisional, de que la codicología tal como yo la entiendo (que tal vez no sea tal como la entienden la mayoría de quienes la practican) es algo más escéptica de lo que parece indicar un cierto entusiasmo historicista de estos nuevos talmudistas. Habrá que seguir a la espera de lo ajeno y en la obra de lo propio. Veremos si nos encontramos en algún sitio.
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«La facultad VIII», foto de Domingo556, 10 de septiembre de 2009.
Manuscrito de París, Alfonso de Zamora (foto de Álex Casero, 2008).
Por seguir con lo que veníamos hablando:
La ciencia es el arte de encontrar una pregunta que encaje con cada respuesta. Las teorías sirven para suscitar preguntas y las preguntas sirven para socavar teorías. Las preguntas engendran perplejidad, y así es como debe ser. Si mi castillo de naipes teórico se derrumba, lo único que quiere decir es que un mejor entendimiento viene a reemplazar el mío, y debería alegrarme de renunciar a mi opinión a cambio de otra mejor. La ciencia se pierde cuando las preguntas que ponen en peligro una teoría se cortan o se desatienden.
Mi objeción a la ciencia no reside en que los puntos de partida para la diferenciación de la escritura sean insostenibles, porque, al fin y al cabo, lo mismo podría decirse de todas las teorías en cada una de las iniciativas científicas vitales. Lo que me preocupa es la invulnerabilidad de los puntos de partida, invulnerabilidad que transforma la ciencia en superstición. Las supersticiones de los académicos de la escritura se filtran por disciplinas que dependen –imprudentemente– de la misma consideración superficial del negro de la letra. La encuentro en la sicología, en la historia del arte, en las matemáticas, en las ciencias del lenguaje, etcétera.
Gerrit Noordzij, El trazo: teoría de la escritura (De streek: Theorie van het schrift, primera edición de 1985), traducción española de Carlos García Aranda, València, Campgràfic, 2009, pág. 16.
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Por curiosidad he ido a ver si Colette Sirat, en su Writing as handwork: A History of handwriting in Mediterranean and Western culture, Turnhout, Brepols, 2006. No cita El trazo: teoría de la escritura, sino The stroke of the pen: Fundamental aspects of Western writing («El trazo de la pluma: Aspectos fundamentales de la escritura occidental»), La Haya, Real Academia de Bellas Artes (Koninklijke Academie van Beeldende Kunsten), 1982.
Lo principal de la investigación no radica en la certeza de la vida que pasa, tan callando, aunque convenga reflexionar sobre el particular para no perder la perspectiva. El tuétano de la vida investigadora radica, sin duda, en el entusiasmo. El entusiasmo inesperado revive quizás el doble las ganas de investigar. Así, la buena noticia de la publicación castellana de De streek: Theorie van het schrift («El trazo: teoría de la escritura») de Gerrit Noordzij que traía El Llibreter. Lo ha publicado Campgràfic (traducción de Carlos García Aranda, primera de Noordzij al castellano ibérico, según la Agencia Española del ISBN) y, por no aparecer, no aparece ni en su catálogo en línea. Prometen ser 88 páginas de iluminación continua. Así lo parece, por ejemplo, la primera cita que trae a colación El Llibreter:
Los diferentes tipos de escritura, con sus distintas construcciones y trazos diferentes, solo pueden compararse entre sí en función del blanco de la palabra, ya que toda comparación requiere un punto de referencia que permita la comparación de los elementos. El blanco de la palabra es el único componente común a todos los tipos de escritura. Este tipo de referencia es válido tanto para la escritura manual como para la tipografía, para la escritura antigua como para la moderna, así como para la escritura occidental y la de otras culturas. En resumidas cuentas, es válido para la escritura en general.
Me trae recuerdo de un fecundo viaje en tren de Nápoles a Roma (qué curiosa tentación esta: querría haber escrito «a casa en Roma…») y la constatación de una referencia imprescindible para la parte más importante de la tesis: la que hable de las fronteras de la escritura y de sus contornos. Cinco redacciones van ya y ninguna que haya leído Judith. Sospecha cierta de lo bienquisto del tema y de lo enrevesado de la trama.
Volveremos por aquí a Noordzij y a su De streek. Quede una posdata suya, aviso para navegantes:
The [...] sentence confuses writing system with spelling, the regulations that connect symbols of writing with the symbols of a language. Many languages are connected by as many spelling systems to Western writing. Spelling, writing and language are different identifiers. Writing identifies civilisations, language identifies tribes or groups of tribes, spelling identifies administrative authority .
La […] frase confunde sistema de escritura con ortografía, las normas que ligan símbolos de la escritura y símbolos de un idioma. Muchos idiomas se hallan ligados por multitud de sistemas ortográficos a la escritura occidental. Ortografía, escritura e idioma son identificadores distintos. La escritura identifica civilizaciones, el idioma identifica tribus o grupos de tribus, la ortografía identitica la autoridad administrativa.
Gerrit Noordzij, «The meaning of writing» (‘El significado de la escritura’), fecha desconocida.
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«Schrift», foto de Michael Bundscherer, 9 de julio de 2009.
«Ahora completamente vacía, la Calle del Estudioso, con la Iglesia de Earle Road al fondo, muestra su desolación mientras espera su postrer destino: el buldócer» («Scholar Street, Edge Hill», foto de Russ Oakes, 11 de enero de 2009).
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Our Voyage having come to an end, I will take a short retrospect of the advantages and disadvantages, the pains and pleasures, of our circumnavigation of the world. If a person asked my advice, before undertaking a long voyage, my answer would depend upon his possessing a decided taste for some branch of knowledge, which could by this means be advanced. No doubt it is a high satisfaction to behold various countries and the many races of mankind, but the pleasures gained at the time do not counterbalance the evils. It is necessary to look forward to a harvest, however distant that may be, when some fruit will be reaped, some good effected. Many of the losses which must be experienced are obvious; such as that of the society of every old friend, and of the sight of those places with which every dearest remembrance is so intimately connected. These losses, however, are at the time partly relieved by the exhaustless delight of anticipating the long wished-for day of return. If, as poets say, life is a dream, I am sure in a voyage these are the visions which best serve to pass away the long night.
Habiendo llegado nuestro viaje a su fin, puedo ahora resumir brevemente las ventajas e inconvenientes, los quebrantos y placeres, de nuestra circunnavegación del mundo. Si alguien me pidiera consejo a la hora de emprender un largo viaje, solo podría responderle si le poseyera una afición profunda por una alguna rama del saber, que fuera aumentada por este medio. Sin duda uno puede sentirse de sobra satisfecho por el mero hecho de contemplar países distintos y las muchas razas de la humanidad, pero estas satisfacciones no contrapesan lo malo, que solo amortigua la necesaria expectativa de que la cosecha futura, por muy lejos que quede, dará algún fruto, que reportará algún bien. De las pérdida que se habrán de vivir, muchas son obvias, como la compañía de todos los viejos amigos o la de tener a la vista los lugares que están ligados a los más queridos recuerdos. Y pese a todo, estas pérdidas se mitigan por el infatigable deleite de anticipar el ansiado día de la vuelta. Si, como dicen los poetas, la vida es un sueño, estoy seguro de que en un viaje, estas son las visiones que mejor ayudan a que pase pronto la larga noche.
Charles Darwin, The Voyage of the Beagle (pongámoslo así por abreviar), cap. 21: «Mauritius to England».
«Enquanto o mar inaugura
Um verde novinho em folha,
Argumentar com doçura
Com uma cachaça de rolha…»
En cuanto el mar inaugura
Un verde en rama nuevito,
Argumentar con dulzura
Dando sorbos del cachito…
…
«La llamaron 'Amada de Dios'».
No será porque no haya satisfacciones. Últimamente, de rebote, he sabido de alguien que se dedica en Londres a la tipografía hebrea de Guillaume Le Be (hay que ver a lo que se dedica la gente. No lo digan por ahí, pero parece que incluso hay un desubstanciado que gasta horas perdidas en un tal Alfonso de Zamora). El desafío me parece, visto desde lejos y con la ignorancia que tengo de muchas cosas de la tipografía del postincunable (bellamente dicho en italiano cinquecentina), «de talla», utilizando un galicismo bastante eufónico. Y todo (que yo haya llegado a saber de tal tesis en curso) por la difusión que he procurado hacer del final de un simpático lío en el que ando metido desde hace unos meses y que tendrá conclusión, esperemos que feliz, en París a mediados de noviembre. Los caminos inescrutables del «mira esto que me ha llegado; creo que te interesará» le hicieron sabedor de nuestra convocatoria parisina y allí estará (Eurostar volente). Y yo me alegro. Con este guillaumelebeólogo ya he intercambiado un par de iméiles (primero en su francés de quitarse el chapó; luego en su inglés de nativo y en el mío de andar en pantuflas pijas por casa). Me ha hecho saber, por ejemplo, que el tablón de anuncios virtual del History of the Book, de factura oxoniense, está perfectamente activo, lo cual es muy de agradecer (que me lo hiciera saber y que la actividad del HoBo prosiga). Espero con mucha curiosidad los resultados que tenga que ofrecer de su tesis en curso, como de otra, sobre la Biblia Regia o de Amberes («regia» por Felipe II y «de Amberes» por su lugar de impresión) que se está haciendo en la aireada ciudad de Chicago. Al hilo de esto, debo a su autor (y lector que sigue subscrito a estas cosillas alfonsinas) una respuesta desde hace más meses que mi vergüenza me permite admitir. Espero que todo llegue, también yo a un conocimiento suficientemente avanzado del neerlandés, en que está escrito su artículo –que me hizo llegar– sobre manuscritos hebreos en el Museo Plantin de Amberes, y sobre el que llevo queriendo hacerle un par de comentarios (en realidad, preguntas) tantos meses como él (criatura) lleva esperando respuesta.
Ya digo que hay muchas cosas de las que estar satisfecho. También de rebote y por una mención del mismo evento parisino en el que ando capuzado, desde Jerusalén me llega la alegría del recíproco interés por nuestras cosas (los manuscritos hebreos, en este caso) de un bloguero al que sigo desde hace mucho tiempo, casi desde el principio de su blog, que coincidió con el principio de mis cuitas zamorescas. Después de un par de iméiles de cortesía interesada y empática («Pues yo hago esto y estotro…» «¡Ah! Pues yo me dedico a esto de más allá…»), me hizo llegar una pregunta de lecturas: ¿de un ductus >mqnjy< (מקנגי), patronímico o gentilicio de un Moisés rabino, jurisprudente y algo oscuro, quizá de la Corona de Aragón del siglo xiv, se había de leer «mi-Qanji»? Al principio no sabía qué decirle. Luego sí: ¡Ya lo tengo, ya lo tengo! ¿Cómo habría podido saberlo sin una noche inolvidable –hubo unas cuantas– en «uno slargo de Via dell’arco de’ Tolomei»? ¡No, no! (habría escrito con entusiasmo poco pudoroso de mediterráneo algo reprimido): no hay que leerlo «mi-Qanji». Hay que leerlo «Meghnagi» (o cualquiera de las variantes ortográficas de este apellido que yo sé sefardí, libio y romano).
Si de satisfacciones hablamos (que hablamos), quizá la mayor, con mucha diferencia de las otras, venga de un callizo romano (el de Pietra Papa): sin una de sus residentes, como dijo el otro una vez, nada de esto podría haber sido posible. Ni el eje Móstoles-San Sebastián de los Reyes ni el Valencia-Barcelona-Móstoles, que andaba últimamente ocupado en dos discusiones tan sesudas como entretenidas que podríamos resumir en dos preguntas: «¿Es verdad que catalanes, mallorquines y valencianos tuvieron prohibida la entrada en la América colonial de la Monarquía Hispánica hasta el siglo xviii?» y «¿Cuál es el origen y significado de ‘alcubla’?». Sobre la primera pregunta, véase ahora, que lo hemos ido adivinando, la siguiente monografía: Ramon Pinya i Homs, La debatuda exclusió catalano-aragonesa de la conquesta, Barcelona, Generalitat de Catalunya, Comissió Amèrica i Catalunya, 1992. Sobre la segunda: en esas estamos, a ver si los delucidamos.
Viene todo este apunte al hilo de refilón de otro intento de agarrada dialéctica con un colistero insistente hasta la obcecación, en una mezcla tirando a odiosa de suficiencia y complejo de superioridad, en el seno de una lista de lengua catalana que frecuento cuando puedo y con amor estricto por las culturas que vehicula la lengua catalana y por algunas personas que conforman esas culturas, más que por la manía esencialista que parece revolotear, como buitre famélico, alrededor de cualquier discusión sobre los casos y las cosas del catalán, casi tanto como Hitler y sus apriorismos reductores se tiran en picado en cuanto se habla de judíos, y no digo nada si la cosa afecta al Estado de Israel. Ya voy viendo que lo del colistero no tiene remedio y que el remedio único que se le ocurre a mi pobre magín es no buscarle los tres pies a su gato ni las tres cartas a sus mañas de trilero ilerdo-romano. Afortunadamente pude comprobar hace un tiempo, de forma fehaciente, que no soy el único al que le dan como mínimo repelús las mañas de educado matón de barrio, que este colistero comediccionarios (mútilo, a fe mía, de la bella vanguardia artística a la que da forma Javier Arce, otro comedor de diccionarios) emplea en la tertulia virtual que compartimos. Aire, paciencia y un cierto alejamiento, tan virtual como real por una sucesión de viajes, redacciones y obligaciones de ambición retribuida económicamente, supongo que me dejarán con la distancia cheli que conviene al caso («¿A mí? A mí esto me resbala…»).
«Elogio del horizonte/Eloxu'l Finxu/El váter de King Kong» (Gijón, Asturias), foto de Cornava, 14 de octubre de 2005.
La distancia que debería darse con los males (autoinfligidos) del que llaman mundo académico (aunque por el tamaño y por su medianía lozana de hechuras satisfechas, no debería pasar de «mundillo») no debería ser menor, claro, pero me temo que me toca más de cerca. Alguna vez lo he contado: una de mis experiencias iniciáticas fue asistir de callado y acongojado público a la primera tesis (en una sala de la Vieja Sorbona decrépita a trozos) de las varias a las que luego he ido asistiendo en Francia. Esa primera tesis versaba sobre el divertido tema «La soberanía en discusión en el siglo xvii temprano: políticas galicanas, eclesiología y teología del poder. Para una panorámica de las libertades de la Iglesia Galicana». Macanudo, dirán ustedes, y no me extraña. Algún latín hace falta para semejante empresa doctoral, comprenderán ustedes. Como testimonio personal de quien ha visitado en alguna ocasión la casa del entonces doctorando, tener en casa varias ediciones originales del Seiscientos y del Setecientos de los Padres de la Iglesia permite colegir que el propietario de semejante biblioteca (había más biblioteca que metros cuadrados que la acogieran) andaba tan ducho en el latín que le hiciera falta como yo en el español de Móstoles que me ha tocado en suerte como lengua materna. ¿Saben ustedes cuál fue la primera pregunta (con bala) del presidente del tribunal de tesis? «Aprecio por las traducciones que hace en su tesis que su conocimiento del latín es mediocre…»
El tal presidente del tribunal de tesis era, por cierto, francés domiciliado en Italia y algo debía saber por esa sola condición de intentar enseñorearse, con éxito o no, de lenguas que no son la propia (y, no pocas veces, de la propia). Lo más divertido (porque semejantes salidas de pata banco de intención alevosa y fundamento seguro en un trauma infantil que aún debía durar) llegó cuando la codirectora italiana de la tesis, que por deferencia del reglamento francés de defensa de las tesis era miembro nata del tribunal, se puso a peroratar, llegado su turno de palabra… ¡contra la tesis que había codirigido y cuyo informe preliminar y aprobatorio había ella redactado y firmado! ¿Saben qué nota coronó la meritoria aventura doctoral de este amigo mío (bastante galicano)? Sobresaliente cum laude. O très honorable avec les félicitations du jury, dicho al gabacho modo. Pura hipocresía babosa, pues, la de ambos miembros del tribunal.
Luego se sucedieron casos parecidos, «monótonos y prolijos» como decía el poema de Gerardo Diego. El grado más alto de deturpación del recto ejercicio que debería suponer la defensa de una tesis lo vi en Tony Lévy, codirector que fue, y miembro por tanto del tribunal de tesis, de Ilana Wartenberg. Algún paisano mío de la periferia de Madrid, de modos más expeditivos y menos mirados que los míos, le hubiera arreglado el cuerpo y la poca vergüenza con un par de buenos bofetones aplicados a sus hechuras físicas y su mediocridad humana de tirillas desvergonzado, soberbio ejemplar de comecirios académico de manual de sofista de tres al cuarto, al acabar su revisión, tan asombrosa como malintencionada, de los talentos de Ilana y de los méritos de su trabajo. Yo no le hubiera dado –ni le di– lo que mi hipotético paisano de Zona Sur de Madrid le habría arreado, probablemente porque la frecuentación de académicos me tiene acanijada la propensión al exabrupto.
La conjunción de poder simbólico que a los mandarines de la cultura y de la academia otorga la sociedad y su cúmulo nada despreciable de complejos vergonzantes convierte a la tribu de los académicos en una temible cofradía antropófaga. Últimamente me han llegado noticias de personas bien cercanas que andan enfangadas en tratamientos psicológicos por causas principalmente achacables a su devoción por la causa de las letras, del pasado y de su investigación. Por supuesto, algo vendría de antiguo, claro, en cada uno de esos casos individuales, como porquetodos vamos llevando capas de costras de cuando la vida y sus ejecutores han intentado machacarnos, afortunadamente con diverso éxito y bastante fracaso de tan aviesas intenciones. Pero en esos varios casos que ahora recuento sin contarlos, las trapacerías del pasilleo y sus tahúres son causa directa e interesada de los males del espíritu de esos que tan cercanos y queridos me son. Y eso es inaceptable.
Ya les tendré advertido a los participen al en el tribunal que juzgue los méritos de mi tesis doctoral zamoresca (si juzgaran los talentos de su autor acabarían rápido, porque hay pocos), sobre todo a los educados en las añagazas de los usos universitarios franceses: no me vengan a buscar que me encontrarán. Luego no digan que no les he avisado.
Y aún querrán justificar que en Cimadevilla impartan algarabía queriendo hacernos creer en lo lucido de su estirpe y no en los ya antiguos chalaneos de su maestrescuela.
A todos nos llegará la Gran Enemiga con sus peores artes. No cejemos en ir haciendo algo de un cariñoso ridículo hasta entonces, en festejar lo que somos y también a lo que no llegamos, en complacernos en la alegría y en sabernos imprevistamente satisfechos de los azares de los encuentros. En suma: echémonos unos bailes y que nuestros deudos nos festejen, cuando toque, echándoselos también.
Sursum corda.
…
Actualización: Puesto el título (anda qué…) y arregladas un par de idas de olla sintácticas.
Davvero sempre fin quasi dalla tenera e puerile età, ogni mia fatica, ogni mia opera, cura e attenzione rivolsi a procurarmi, per quanto possibile, libri in ogni genere di disciplina […]. Perché i libri sono pieni delle voci dei sapienti, pieni degli esempi dell’antichità, pieni di costumi, pieni di leggi, pieni di religione. Vivono, si conservano, parlano con noi, ci istruiscono, ci ammaestrano, ci consolano e le cose lontanissime dalla nostra memoria le offrono quasi presenti e le pongono davanti ai nostri occhi.
De cierto siempre, hasta casi desde mi más joven y tierna edad, he dispuesto mis trabajos, obras, cuidados y atenciones todos en procurarme, tanto como fuera posible, libros de todo género y disciplina […]. Porque los libros están llenos de las voces de los que saben, llenos de los ejemplos de la antigüedad, llenos de costumbres, llenos de leyes, llenos de religión. Viven, se conservan, hablan con nosotros, nos instruyen, nos avezan, nos consuelan y, las lejanísimas cosas de nuestra memoria, nos las aportan casi presentes y nos las ponen delantes de los ojos.
Come stupirsi se da queste aspirazioni era nata la stagione aurea che ora si stava per chiudere? Della Casa, che si scandalizza nel vedere circolare il libro del Valla a Venezia, pericolosamente diffuso in volgare e quindi accessibile ad un pubblico pressoché illimitato, apparteneva alla generazione che si era giovata di quella passione per la libertà e la cultura, e che aveva spinto la libertà e la cultura fino ai limiti, e molto oltre, della licenza. Eppure, poco più che quarantenne, non esita a trasformarsi in censore e assassino della libertà. Tutto, come rivelava Pasquino, nella speranza di una porpora cardinalizia. È pieno di significato che proprio all’intellettuale che meglio e più di tutti incarnava fino a pochi anni prima lo spirito dei tempi, la libertà e l’eleganza, venga attribuito dalle istituzioni di controllo il compito di cancellare quella libertà. Della Casa svolse questa missione senza esitazioni. Nel 1549 è lui, che aveva cantato le gioie della sodomia, che aveva frequentato senza scandalo i circoli intelletuali più liberi del su tempo, che aveva svolto il ruolo di mezzano per conto del voglioso ed esuberante cardinale Alessandro Farnese, che scambiava con gli amici i sonetti e le donne compiacenti, lui si decide a compilare il primo indice dei libri proibiti. Volgeva le spalle a molti amici, sensa esitazione, e non era l’unico in Italia se si pensa che perfino l’incontenibile Pietro Aretino sentì più meno negli stessi mesi la necessità di comporre un’operetta morale, che fu ad ogni modo negletta dai nuovi padroni di Roma. Non mancò chi fece notare con asprezza al Della Casa l’ipocrisia della propria parabola. Fu Pier Paolo Vergerio, vescovo di Capodistria, che da Venezia, dove con lui aveva intrattenuto rapporti più che cordiali, era scappato in Svizzera, alla ricerca di aria più pulita di quella che ormai appestava l’Italia. Conosceva benissimo Della Casa e i suoi vizi, al punto di ironizzare pesantemente sul «impurissimum satanicumque Archiepiscopum». Ma il grande salto compiuto rinnegando i principi e i legami di una vita intera non servirono al cupo nunzio di Venezia ad ottenere la ricompensa per la quale si era venduto. La porpora cardinalizia sfumò con la morte di Paolo III, nel 1549, e gli anni che seguirono segnarono un lungo inesorabile allontanamento dalla sfera del potere. Infine arrivò la beffa, poco dopo la sua morte, con l’Indice di Paolo IV, nel 1559, dove tra i libri proibiti comparvero le sue rime. La lama che lui stesso aveva affilato finiva per trapassargli il cuore.
¿Cómo asombrarse que de estas aspiraciones naciera la época áurea que estaba ahora por concluir? Della Casa, que se escandaliza al ver circular el libro de Valla en Venecia, peligrosamente difundido en vernáculo y accesible por tanto a un público prácticamente ilimitado, pertenecía a la generación que había gozado de aquella pasión por la libertad y la cultura, y que había consumido la libertad y la cultura hasta los mismos límites, y más allá, de lo licencioso. Sin embargo, con poco más de cuarenta años, no duda en volverse censor y asesino de la libertad. Todo, como revelaba Pasquino, con la esperanza de la púrpura cardenalicia. Está preñado de significación que, al mismo intelectual que de mejor manera y más que ningún otro había encarnado hasta pocos años antes el espíritu de la época, la libertad y la elegancia, las instituciones le encarguen anular tal libertad. Della Casa desarrolló esta misión sin siquiera dudarlo. En 1549 él, que había cantado los gozos de la sodomía, que había ejercido de celestino con frecuencia a cuenta del concupiscente y exhuberante cardenal Alejandro Farnesio, que compartía con los amigos sonetos y mujeres complacientes, resuelve compilar el primer índice de libros prohibidos. Daba la espalda a muchos amigos, sin dudarlo, y no era la único en Italia si se recuerda que, hasta el incontenible Pietro Aretino, sintió más o menos en los mismos meses la necesidad de componer una obrilla moralizante, que los nuevos amos de Roma desdeñaron completamente. No falto quien hizo notar con aspereza a Della Casa lo hipócrita de la parábola que representaba su proceder. Desde Venecia, Pier Paolo Vergerio, obispo de Capodistria, con quien Della Casa había mantenido relaciones más que cordiales, había huido a Suiza buscando aires más limpios que los que apestaban Italia en aquel momento. De sobra conocía a Della Casa y sus vicios, tanto como para ironizar sin ambages sobre «impurissimum satanicumque Archiepiscopum» (‘el impurísimo y satánico Arzobispo’). Pero ni la gran cabriola de haber renegado de los principios y vínculos de toda una vida sirvieron al turbio nuncio de Venecia a conseguir la recompensa por la cual se había vendido. La púrpura cardenalicia se esfumó al morir Pablo III, en 1549, y los años que siguieron fueron de un largo e inexorable alejamiento de la esfera del poder. Incluso se dio ocasión de la mofa pues, poco después de su muerte, en el Índice de Pablo IV de 1559, aparecieron sus rimas entre los libros prohibidos. El cuchillo que él mismo había afilado acababa atravesándole el corazón.
Antonio Forcellino, 1545: Gli ultimi giorni del Rinascimento, Roma y Bari, Giuseppe Laterza & Figli, 2008, págs. 200-202 (citando la carta del Cardenal Besarión [Βασίλειος Βησσαρίων] a Cristóbal Moro, dux de Venecia, del 31 de mayo de 1468, en que le comunica su deseo de donar su biblioteca a Venecia, editada por Cesare Vasoli, Le filosofie del Rinascimento, Milán, Bruno Mondadori, 2002, pág. 68).
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«viendo la lentitud con que se pierde
serenando su fin tanta hermosura,
dichosa de valer cuando más arde»
No es que, por unas cosas u otras, nunca me aleje demasiado de Italia, pero las dos semanas últimas quizá la cosa ha sido más intensa, intentando cuadrar un informe de lo realizado gracias a pasadas liberalidades de la esclarecida institución que tiene sede, precisamente, en el Palacio Farnese o Farnesio (la familia del papa Pablo III que sale hoy por aquí) en la plaza homónima romana. Tal informe (¿hay que explicarlo?) debería propiciar liberalidades futuras de la misma casa. Estas semanas me ha acompañado la bella prosa de Forcellino, poniéndole contexto a un año decisivo para Alfonso de Zamora: 1545. Toda tesis doctoral (y todo doctorando) tiende a la misantropía según avanza el tiempo de investigación. Qué les voy a decir si el tiempo es, además, de escritura: un acabóse, un sindiós social, una reclusión cartujana. Me dicen ahora que pondremos pronto remedio a mi encierro comiendo chufas (exprimidas) y que, algunos días después, cumpliré uno de mis sueños más preciados, junto a retirarme (a la sombra de dos higueras que tendrán puesta entre ellas una hamaca caribeña y un plato de olivas negras de empeltre, aragonesas) más pronto que tarde con caudales suficientes como para dedicarme a las dos únicas actividades serias que pretendo hacer en este mundo: traducir al español la obra completa de Vicent Andrés Estellés y montar un grupito de eruditos (¿a la violeta?) para poner en el mismo romance castellano el Talmud. De Babilonia.
Pero me pierdo. En realidad, lo que les quería decir es que, para sacarme del encierro misantrópico, aparte de llevarme a beber chufas, me han propuesto hacerme padrino de una niña (con su bautizo y toda la pesca). Que era, de hace años, uno de mis sueños privados. Ea.
La condición de ahijada de la que salía por aquí el otro día y que confundía conceptos («lengua», «dialecto», lirili, lerele…), confusión que ya le fue convenientemente censurada aunque aclarar qué sea una lengua y qué un dialecto escape de los parcas y pocas sabidurías de los lingüistas, era en realidad fruto de una convención estrictamente privada, estrictamente incorrecta y estrictamente falta de toda sanción eclesiástica. No como la niña a la que tengo feliz obligación de prohijar dentro de unos días.
Lo que es, claro, una feliz ocasión.
En resumen: ando entre encerrarme y exclaustrarme y, a medias, queda Italia. Y 1545, lo que nos lleva, de rondó, a Estambul. O quizá no. Y, con seguridad, a Leiden, aunque aún no se sabe si para hacer algo, cuarto y mitad de algo, o poco más o menos, nada.
Pero eso ya se lo cuento otro día. De momento, quédense con el contexto de 1545, arriba explicado.
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Ilustraciones: detalles del cuadro Pablo III con sus dos sobrinos, Alejandro y Octavio Farnese, de Ticiano (1546), actualmente en la Galería Nacional del Museo de Capodimonte, Nápoles.
Antonio de Nebrija, Tertia quinquagena, reimpresión de Arnaldo Guillén de Brocar, Alcalá de Henares, 1516.
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El otro día se me ocurrió buscar una referencia. Algo muy desagradable que puede acarrear inopinadas y graves consecuencias al desustanciado doctorando que se dedica a malgastar su escaso tiempo en comprobar lo que dice en vez de escribir, sin más, lo que tiene que decir.
Era una cita de los Tertia quinquagena de Antonio de Nebrija que de vez en cuando me da por citar, y en latín, lo que da idea de mi estupidez latinesca de petimetre:
Arduum est nomina rebus et res nominibus reddere.
Como si dijéramos:
Arduo es devolver los nombres a las cosas y las cosas a los nombres.
Redondo, ¿no? Según Nebrija, es una cita del «proemio» a la Historia natural de Plinio. A mí me ha parecido un eslogan sin par de lo que significa el trabajo de historiar, aplicando «historiar» a cualquiera de las facetas de las ciencias de lo antiguo.
Como decía, esto sale en el apartado dedicado al porphyrio (§ xxxv), término de realia bíblica que el maestro Antonio identifica con el «calamón» de su patria andaluza. Como los Tertia quinquagena bien merecen una explicación de su circunstancia de redacción y de su intención antes de seguir y como Marcel Bataillon ya lo dejó explicado mucho mejor de lo que yo podría hacerlo, copio el fragmento correspondiente de la competente traducción española (segunda edición, corregida y aumentada) que le hizo Antonio Alatorre a su Erasmo y España («estudios sobre la historia espiritual del siglo xvi», México, Fondo de Cultura Económica, 1966, primera edición francesa de 1937), págs. 32 y 33:
Nebrija no se había quedado mano sobre mano; lejos de ello, y en espera de tiempos mejores, había vuelto a emprender el trabajo confiscado por [el inquisidor general Diego de]Deza [1443-1523]. Ahora bien, en 1507 luce una esperanza nueva para los estudios bíblicos. Deza, comprometido por las crueldades de[l inquisidor Diego Rodríguez de]Lucero en Córdoba, se ve obligado a dimitir, y el propio Cisneros, recientemente elevado a la dignidad de cardenal, es quien le sucede como Inquisidor General. Aquel a quien Nebrija había invocado en vano como árbitro es ahora juez supremo. Entonces es cuando le dedica su «Tertia quinquagena» [(«La tercera serie de cincuenta»)], conjunto de disertaciones filológicas acerca de cincuenta pasajes de la Biblia, cuyo número ordinal (‘tertia’) era probablemente una alusión discreta al primer trabajo, confiscado por Deza, y al segundo, cuya aparición había estorbado el mismo Inquisidor.
Casi todos los términos sobre los cuales quiere Nebrija hacer brillar la luz de la filología pertenecen a lo que se podría llamar el campo de los ‘realia’ de la Biblia. Unas veces parte de una observación, certera o falsa, de un glosador como Nicolás de Lira, o de autores mucho más oscuros, como aquel Jacobus Constantinus cuya «Hecatostys» o ‘centuria’ de observaciones descubrió él mismo un día que escudriñaba, según su costumbre, los rincones de las muchas librerías de Salamanca. Otras veces acude a sus propios recuerdos: hablando del onocrótalo, afirma haber visto en dos ocasiones este pájaro, una vez de cerca en una plaza pública de Bolonia [JdPP: de Italia, no la deliciosa de Tarifa], donde se le exhibía como curiosidad, y otra, de lejos, en su Andalucía natal, a orillas del Guadiana. Su conocimiento de los naturalistas antiguos le permite distinguir dos pájaros que durante largo tiempo había confundido, e identificar el ‘porphyrio’ con el calamón de su tierra, mientras que el ‘phoenicopterus’ no es sino el flamenco, igualmente común en Andalucía. Preguntándose a qué responden, en realidad, ’simila’ y ’similago’, acude a los hebraizantes para saber el sentido de la voz hebrea ’soleth’. Es la flor de harina que servía para hacer los panes de la proposición, el acemite de los andaluces, la materia prima del alcuzcuz que tanto gusta a los moriscos y negros, [§xlii: «Mauri atque Aethiopes qui apud nos degunt suum illum peculiarem cibum concinnant, quem sine honoris praefatione nominare non licet, alcuzcuz appellant»: 'los moros y etíopes que entre nosotros residen, preparan aquella particular comida suya, que no es lícito nombrar sin un prólogo de honor, denominan alcuzcuz'], la sémola de los aragoneses [JdPP: y de los «tarraconenses» o ¿catalanes? ¿O de los «tarraconenses» romanos que luego se hicieron «aragoneses», es decir, súbditos todos del Rey de Aragón?]. Y Nebrija tiene buen cuidado de informar al lector que de las tres clases de trigo, ‘robus’, ’silignis’ y ‘trimestre’, sólo el primero, el rubión de los españoles, se presta para tamizar la flor de harina, y especialmente en Andalucía.
¿En qué podía perjudicar a los teólogos este género de observaciones? Su único objeto era hacer que la interpretación de la Biblia se aprovechase de una ciencia que Plinio reputaba ardua, y en la cual, según el testimonio de sus compañeros, él se había hecho maestro: poner cosas para los nombres y nombres para las cosas, nada más inocente, en verdad.
Leamos hasta aquí. Ese «poner cosas para los nombres y nombres para las cosas» que le hace decir Antonio Alatorre a Marcel Bataillon es el trasunto arromanzado de la frase que Nebrija le atribuye a Plinio y que casi empezaba este apunte:
Arduum est nomina rebus et res nominibus reddere.
Solo que si uno va a la «praefatio» (no «proemium», aunque la variación sinonímica sea menor) de la Historia natural de Plinio, no encuentra esta frase por ningún lado. Y aún les diré que antaño podían darse dudas, porque había que leer las cosas para emitir un juicio, pero en esta nuestra feliz edad informática basta con un Ctrl. + F (si se usa Firefox) para asegurarse de que el feliz eslogan nebrisense no es una ocurrencia pliniana. Por no hacer falta, no hace falta ni leer. Pero no, ¡ay!, en el caso que nos ocupa.
Así que había que leer, confiando en que la solución no estaba muy lejos. Y no lo estaba: bastaba con llegar al párrafo xv de la «praefatio» de la Historia natural:
Res ardua vetustis novitatem dare, novis auctoritatem, obsoletis nitorem, obscuris lucem, fastiditis gratiam, dubiis fidem, omnibus vero naturam et naturae suae omnia. Itaque etiam non assecutis voluisse abunde pulchrum atque magnificum est.
Ardua cosa es dar condición de nuevo a lo antiguo, autoridad a lo nuevo, brillantez a lo obsoleto, luz a lo oscuro, gracia a lo repugnante, certidumbre a lo dudoso, a toda cosa una naturaleza que de verdad lo sea y a su naturaleza cada cosa. Así, llegado el caso de no conseguirlo, haberlo querido ya es de sobra hermoso y magnífico.
Pero que tengáis con qué criticarme a sabiendas y con conocimiento, esta es la traducción del mismo fragmento de Plinio que propuso el notable polígrafo Jerónimo de Huerta, publicada en 1624:
Cosa es difícil dar novedad a las cosas viejas, autoridad a las nuevas, lustre a las desusadas, luz a las escuras, gracia a las desgraciadas, y fe a las dudosas; pero más difícil es dar su naturaleza a todas las cosas, y dar a su naturaleza todas las propiedades secretas. Y assí quando esto no se pueda alcançar, o hazer, solo aver querido, es obra grandemente magnífica y bella.
Si lo de arduum est nomina rebus et res nominibus reddere era ya redondo, esto de res ardua vetustis novitatem dare &c. es ya para quitarse el sombrero (si aún lleváramos) y prorrumpir en entusiastas «¡ole, ole y ole!». Pero el caso es que, leído Plinio y entendido, sin que Antonio de Nebrija se vaya muy lejos de la intención del texto del enciclopedista romano, no cita sus palabras: las recrea.
Lo que me llamó la atención es que a nadie le hubiera llamado la atención y descubrir, por mi propia incompetencia de citador, que la competencia de los otros, antes que llevada por la curiosidad, se cimenta en el respeto de la autoridad: la de Antonio de Nebrija, en este caso. Ni Marcel Bataillon, que cita y glosa la cita sin más comentario de atribución que el Plinio que nos asegura Nebrija, ni Max Aub (o, más bien, un profesor de latín que citaba un Plinio apócrifo, leído seguramente tan solo en la recreación nebrisense), ni algún autor en los Papeles celíacos de Son Armadans, ni Américo Castro, ni Germà[n] Colon, ni Antonio Carreño, ni L. Núñez Ladevèze, que lo toma de eslogan erudito como quien toma una recreación de las que nunca han existido en el idioma original pero circulan con alegría entre los sabios. «Se non è vero, è ben trovato», como ejemplo paradigmático de las lenguas modernas.
Todos los citados han recorrido la senda que tendrían que haber recorrido de la mano de Plinio tuertos y bizcos por la autoridad intermediaria de Nebrija. Como yo mismo. Sin caer en la cuenta, ninguno de nosotros, de que el argumento de autoridad no es argumento sino simplemente autoridad y una de las pocas cosas ciertas que se puede decir de la erudición es que será subversiva o no será.
Seguramente haya desmemorias mucho más urgentes que remediar para el buen gobierno de las cosas de este mundo, como no perder los papeles de los susceptibles de ser condenados por afrentas al común consenso de la justicia y al erario de que dispone el gobernante para la promoción del bien común y la búsqueda de la felicidad:
¿Dónde están las cajas con documentación del caso Gürtel que quedaban sin desprecintar a finales de julio y que debían remitirse de Madrid a Valencia, cuando la causa aún estaba abierta? El Tribunal Superior de Justicia (TSJ) de Madrid afirma que salieron en su momento, mientras que en el de Valencia dicen que aquí no están.
La documentación afecta a los cabecillas de la trama en Madrid, Francisco Correa y Pablo Crespo, y al gerente de Orange Market, Álvaro Pérez. El juez madrileño consideró que debían ser imputados también en Valencia por los regalos de trajes a autoridades valencianas al tratarse de delitos conexos, como afirmaba la Fiscalía Anticorrupción. Las diligencias fueron archivadas por el TSJ valenciano cinco días después de esta decisión judicial.
El asunto de las cajas siempre ha sido polémico en este caso que afecta al PP de Madrid y que provocó una investigación al presidente Francisco Camps y a otros tres altos cargos del PP valenciano por un delito de cohecho.
(vía la Fam de fum – «infrablog subaltern de d’incontinències i fragilitats» – de Josep Porcar)
evitando de esta manera que los juzgables sean condenados y que los juzgadores, íntimos correligionarios y compadres de los juzgables, se vean en el brete de impartir la justicia que el orden de las cosas exige aunque a sus connivencias privadas y corruptas repugne. Pero la base de las repúblicas ordenadas es precisamente esa, la ceguera de la justicia y la repugnancia de las connivencias, y así debería ordenarse esta nuestra república y su memoria, cimentada en un «ansia infinita de paz, el amor al bien y el mejoramiento social de los humildes». O algo así. Nunca en la desmemoria, en las pérdidas o en los olvidos. O en la autoridad de esa desmemoria.
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«Di, perra mora» de Pedro Guerrero (1528-1599), interpretado por Hespèrion XX con la dirección de Jordi Savall, El Cancionero de Medinaceli, 1516-1556: música en el tiempo de Carlos V, Astrée (Auvidis), n.º de catálogo: E 8764, 1992.
«Assedio delle ceneri», foto de Napoli Teatro Festival Italia, 17 de abril de 2009.
«Dicho esto, yo creo que la historia de la cultura escrita es la historia de un naufragio, del cual nos quedan solamente en una playa unos restos y, a través de los mismos, es muy difícil poder evaluar la cuantía… cuantificar en qué consistió todo ese material, ese legado inmenso…».
Elisa Ruiz García, de su ponencia «Hacia una codicología de los manuscritos literarios en la lengua vernácula de la Corona de Castilla» presentada al congresoCódices literarios españoles (Edad Media), 1 de noviembre de 2007.
Matthew Locke (c. 1621/1622-1677), «Suite II in D minor – Ayre» (The Consort of Fower Parts), interpretado por Hespèrion XX dirigido por Jordi Savall, L’Esprit de la viole – The spirit of Gambo English consort and solo viol music (1570-1680), Fontalis (Auvidis), n.º de catálogo ES 9913 (1997).
…
Hace ya unos días que ronda por aquí una declaración de intenciones bajo el título Ad animum lectoris. Como anda recluida en la esquina superior derecha, se la copio aquí con la esperanza de que así se disipen algunas dudas.
Es nuestra intençión pintar aquí una scolástica universidad, o académica república, o escuela de letras, en imitaçión de la república çevil [=civil] que debujó Platón. Con quánta mayor me ternán a mí por loco atrevido por poner la mano en tan alta pintura, presumiendo el retrato natural de la mesma naturaleza en sí. Por çierto, obra es que me da ocasión a tener de mí mesmo vergüença, pues conozco en mí que intento cosa que sólo el atreverme me infamara. Y prinçipalmente entre tanto varón señalado cuyas letras y juizio mereçen eternal fama en esta presente edad, los quales callan en este propósito, estimando tanto la materia que tienen por mejor nunca tomar el pinçel en la mano que, tomado, faltar en la pintura quando deben mostrar mayor perfeçión.
[…]
Tuve en tanta reverençia tratar esta disputa y sacarla a la luz, que después de tener gran dificultad en el prinçipio, por muchas vezes en el medio determiné a lo dexar, quando en el discurso de mi estudio se me ofreçían cosas convenientes a la materia tan altas en sí que hallaba sobrepujar a mi juizio sin alguna comparaçión. Y así, juzgándome indigno y sin doctrina para las tratar, estuve muchas vezes por dexarlo así, a la discreçión y juizio de los buenos varones, para que de aquellas indigestas y mal començadas palabras sacasen la grandeza de lo que la materia mostraba en sí ser, y que con la imaginaçión supliesen la falta o le diesen el fin. Y forzóme a proseguir esta empresa (quanto quiere que fuese a costa de mi propio interese) ver que en las insignes universidades de Castilla creçen cada día las rentas y premios, y bajan sin comparaçión las letras de los maestros, por lo qual se corrompen los juizios y injenios de los disçípulos; y ésta es tan grande lástima para mí que tengo temor que por tiempo ha de ser bastante a me matar. Y por satisfazer en algo a mi congoja acordé proponer al pueblo la questión, advertiéndolos las causas de donde pueda provenir este daño, porque, vistas por los príncipes y rectores de las universidades, se me remedie si plaziere a Dios. Ni querría mayor galardón de mis continas vigilias y trabajos que despertar en el remedio desta falta a aquellos a cuyo cargo es dado haberlo de proveer.
[…]
Los sabios antiguos preçiábanse de hallar notables reprensores de sus obras y escripturas, y a mi pareçer tenían mucha razón, porque ninguna cosa manifiesta su perfeçión como la que es conoçida por el estímulo del contrario. Y así, aquellos sabios, con temor de ser justamente reprehendidos, procuraban hazer todas sus cosas en toda equidad, y desta manera todas las escripturas de los antiguos son de grande valor y doctrina, porque trabajando de se defender daban causa a se perfeçionar.
[…]
Y no me será pequeño premio ser yo aviso a los que adelante quisieren escrebir a que conozcan ser obligados a me exçeder en el trabajar. Y, en fin, consolarme he con que el tiempo nos departirá y concluirá nuestra contienda, pues basta [a] corromper cosas muy mayores, las quales de razón mereçían eternalmente vivir.
«Prólogo» a El scholástico, atribuido a Cristóbal de Villalón (primera mitad del siglo xvi), edición crítica de José Miguel Martínez Torrejón, Barcelona, Crítica, 1997, págs. 3-6.
«Almería» de la Suite Iberia de Isaac Albéniz, interpretado por Alicia de Larrocha (grabación de fecha desconocida – para mí –).
…
nitty-gritty, n. and adj.
A.n. The most important aspects or practical details of a situation, subject, etc.; the harsh realities; the heart of the matter. Freq. in (to get) down to the nitty-gritty.
Nitty-gritty, s[ubstantivo] y a[djetivo].
A[mericano] s[ubstantivo]. Los aspectos o detalles prácticos más importantes de una situación, tema, etc.; las realidades más crudas; el fondo del asunto. Frecuente en (llegar) al meollo de las cosas.
I delight in a palpable imaginable visitable past – in the nearer distances and the clearer mysteries, the marks and signs of a world we may reach over to as by making a long arm we grasp an object at the other end of our own table. The table is the one, the common expanse, and where we lean, so stretching, we find it firm and continuous.
Me complazco en imaginar un pasado palpable, ‘visitable’: en las distancias más breves y los misterios más claros, marcas y señales de un mundo que pudiéramos alcanzar al modo en que, extendiendo el brazo, llegamos a un objeto que esté al otro lado de la mesa en que estamos. La mesa es la única extensión, compartida, y allá donde nos apoyamos, estirándonos, nos resulta firme y sin interrupciones.
That, to my imagination, is the past fragrant of all, or of almost all, the poetry of the thing outlived and lost and gone, and yet in which the precious element of closeness, telling so of connexions but tasting so of differences, remains appreciable. With more moves back the element of the appreciable shrinks – just as the charm of looking over a garden-wall into another garden breaks down when successions of walls appear. The other gardens, those still beyond, may be there, but even by use of our longest ladder we are baffled and bewildered – the view is mainly a view of barriers.
Tal es, según lo percibo, la fragancia del pasado compuesto de toda, o de casi toda, la poesía de las cosas caducas, perdidas y desaparecidas, pese a lo cual, por ese elemento precioso de cercanía, tan sugeridor de conexiones pero de tan distinto gusto a diferencias, puede aún apreciarse. Cuanto más atrás nos movemos, tal elemento susceptible de apreciarse se contrae, como se rompe el encanto de mirar por encima del muro de un jardín hacia otro jardín cuando se da una sucesión de muros. Los otros jardines, que quedan más allá, bien pueden ahí estar, pero, incluso sirviéndonos de nuestra escalera más larga, quedamos desconcertados y frustrados: lo que vemos son, sobre todo, barreras.
The one partition makes the place we have wondered about other, both richly and recogniseably so; but who shall pretend to impute an effect of composition to the twenty? We are divided of course between liking to feel the past strange and liking to feel it familiar; the difficulty is, for intensity, to catch it at the moment when the scales of the balance hang with the right evenness. I say for intensity, for we may profit by them in other aspects enough if we are content to measure or to feel loosely.
Una sola división convierte en otro el lugar por el que nos preguntábamos, de forma tan rica como reconocible. Mas, ¿quién podría pretender achacarle un efecto compositivo a una veintena de divisiones? Claro está que nos hallamos escindidos entre la inclinación a aprehender el pasado como algo extraño y aprehenderlo como algo familiar. Necesitados de intensidad, lo difícil es captarla justo cuando los platillos de la balanza cuelgan en perfecta equidistancia. Dicho queda por la intensidad: bien podría resultarnos de provecho en otros aspectos si nos contentáramos de medirlo con exactitud o a tientas.
It would take me too far, however, to tell why the particular afternoon light that I thus call intense rests clearer to my sense on the Byronic age, as I conveniently name it, than on periods more protected by the ‘dignity’ of history. With the times beyond, intrinsically more ‘strange’, the tender grace, for the backward vision, has faded, the afternoon darkened; for any time nearer to us the special effect hasn’t begun. So there, to put the matter crudely, is the appeal I fondly recognise, an appeal residing doubtless more in the ‘special effect’, in some deep associational force, than in a virtue more intrinsic. I am afraid I must add, since I allow myself so much to fantasticate, that the impulse had more than once taken me to project the Byronic age and the afternoon light across the great sea, to see in short whether association would carry so far and what the young century might pass for on that side of the modern world where it was not only itself so irremediably youngest, but was bound up with youth in everything else. There was a refinement of curiosity in this imputation of a golden strangeness to American social facts – though I cannot pretend, I fear, that there was any greater wisdom.
«Portrait of Edouard and Marie-Loise Pailleron» de J. S. Sargent (1881), Des Moines Art Center, Iowa.
Me alejaría del tema, sin embargo, si explicase por qué tal luz de la tarde, que tan intensamente me viene a la memoria, persiste con mayor claridad en mis sentidos referida a la edad byrónica, según la denomino por conveniencia, que respecto de periodos mejor protegidos por la «dignidad» de la historia. Siendo el tiempo que ha de llegar intrínsicamente más «ajeno», la deliciosa gracia de contemplar lo ya ido se ha desvanecido, oscureciéndose la tarde: cualquier época que nos sea cercana no disfruta aún de ese efecto particular. Ahí reside, por decirlo sin ambages, el llamamiento que reconozco con emoción, sin duda más propio del «efecto particular», resultado de alguna fuerza asociativa profunda, que de una virtud más intrínseca. Me temo que debo añadir que, habiéndome permitido fantasear hasta tal grado, que el impulso me ha llevado en más de una ocasión a proyectar la edad byrónica y la luz de la tarde a través del ancho mar, para ver brevemente si se pudieran llevar tan lejos tales asociaciones y qué legado podría transportar el siglo recién nacido a las orillas del mundo moderno donde no solo es que fuera tan joven sin remedio, sino que se hallaba ligado por su juventud con todo lo demás. Se daba una curiosidad refinada al proclamar esta extrañeza dorada a los hechos sociales americanos, aunque no pueda yo pretender, mucho me temo, que se diera una sabiduría mayor.
Pues yo iba a hablarles de otra cosa, ciertamente marginal, pero oigan, ya ven, casi cambio de tercio:
A lot of what the new wave of “contextual Talmudists” do, is make connections between textual (that is, non-material) things and probe their significance. It’s a messy business and often difficult to argue or articulate what is a parallel worth pursuing and what is a strangely coincidental set of characteristics. The problem plagues virtually every area of comparative historical research, but particularly of ancient times and even when physical objects are being considered. If everything in the room that I am now sitting in will vanish (as it one day will), save for a few, arbitrary objects, will anyone be able to reconstruct the feeling of sitting where I sit and breathing the air I breathe, watching the flashes of lightening across a charred gotham sky, the pitter-patter of a soaking summer rain on the fast streets below? And yet scholars do it all the time, and occasionally get somewhere with the few things that remain. Of course the interest in not in the texture of banal living, but in the world of thoughts, ideas, and religion. Against all odds, even this sometimes works.
Manuscrito (ahora) de Nápoles, copiado por Alfonso de Zamora.
Why is it amazing, then, to caress a piece of clay in the palm of your hand, hold it up against a page, and realize that a Zoroastrian bureaucrat stamped his seal here and there, and authorized a set of documents which transacted a field in the foothills of the Alborz range? The peculiar human desire to traverse the distances until it reaches that “foreign country.” The true mystery of scholarship.
Mucho de lo que la nueva ola de «talmudistas del contexto» hacemos es relacionar cosas textuales (es decir, inmateriales) y confirmar su relevancia. No es nada fácil y, no pocas veces, resulta difícil dar argumentos o establecer qué paralelismos merece la pena seguir frente a lo que no es más que un conjunto de características extrañamente coincidentes. Este problema afecta en la práctica a casi cualquier ámbito de la metodología comparativa de la historia, pero más si cabe en Historia Antigua e incluso cuando se estudian objetos físicos. Si todo lo que hay en la habitación donde me encuentro ahora, desaparecerá (como ocurrirá algún día), salvo unos pocos objetos de forma arbitraria, ¿podrá alguien reconstruir qué se siente al estar aquí donde estoy y respirar el aire que respiro, viendo los destellos de relámpagos por el cielo calcinado de Nueva York, el chapoteo de un chubasco estival en las veloces calles ahí abajo? Y sin embargo los investigadores no dejan nunca de hacerlo, y de vez cuando consiguen llegar a algo con lo poco que ha quedado. Claro está que lo interesante no es la urdimbre de la banalidad cotidiana sino el mundo del pensamiento, las ideas y la religión. Contra lo que pueda imaginarse, hasta eso funciona a veces.
¿Por qué sorprende tanto entonces tentar un trozo de arcilla en la palma de la mano, sostenerla frente a una página y caer en la cuenta de que un burócrata zoroastriano estampó su sello aquí y allí, y autenticó una serie de documentos de compraventa de unos campos en las laderas de la cordillera de Elburz? El curioso anhelo humano de atraversar las distancias hasta alcanzar la frontera de ese «país extranjero». El verdadero misterio de la investigación.
[Valladolid, 30 de noviembre de 1492]: «Yuçé aben Farax, judío, e para Pedro Osorio, su hijo, contra Ioham de la Rúa, de Salamanca»
Valladolid, Archivo de la Real Chancillería, Ejecutorias, legajo 45 (antiguo 23), citado en Carlos Carrete Parrondo, Fontes iudaeorum Regni Castellae, Salamanca, Universidad Pontificia y Granada, Universidad, 1981, vol. I: Provincia de Salamanca, pág. 135, § 386.
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Fábrica Nacional de Moneda y Timbre, España, 1967.
A veces asombra contemplar la desproporcionada e ininterrumpida producción bibliográfica, cuyo resultado se reduce a centenares de páginas dedicadas a temas de nuestra historia enormemente atractivos: Inquisición, conversos, estatutos de pureza de sangre, mesianismo, alumbrados, erasmismo… Y en no pocas ocasiones gravitan sobre un término tan polémico como desfigurado: judío, a quien a menudo le falta un nombre y le sobran leyendas.
Cualquier estudio sobre el judaísmo castellano durante la amplia época a la que convencionalmente se la suele designar como medieval ha de basarse en principio sobre fundamentos documentales. Este es, sin duda, el primer paso: más tarde y aplicando los variopintos métodos de interpretación histórica hoy – o mañana – más usuales, tal vez podrán comprenderse múltiples facetas que ahora pueden parecernos oscuras o hipotéticas. Los documentos, aunque discrepen de los postulados que con inflexible rigidez tratan de mantener algunos teorizantes, serán los que ofrezcan la primera – y acaso la última y definitiva afirmación.
Carlos Carrete Parrondo, Fontes iudaeorum Regni Castellae, vol. I: Provincia de Salamanca, Salamanca y Granada, 1981, pág. 9
The general climate of public and academic opinion during the last few years has not become more favourable to the field and method of study represented by these volumes. Historical studies have been heavily infiltrated by political and ideological, journalistic and faddish concerns, and historical documentation and philological scholarship are held in contempt in the name of “commitment”. It is usually not spelled out to what we are commited and it seems to be forgotten that we might be committed to very wrong and harmful ideas and causes.
I have therefore ventured to choose as the motto for this volume a phrase from a letter I once wrote on these matters to a French colleague [“le seul engagement digne d'un savant c'est l'engagement envers la vérité ou au moins envers la recherche de la vérité”].
«Correo hebreo», primera emisión filatélica del Estado de Israel, 1948.
El clima general de la opinión pública y del mundo académico no se ha hecho más favorable, en los últimos años, a la disciplina y el método de estudio que representan estos volúmenes. Se han introducido hasta el tuétano de los estudios históricos preocupaciones de índole política e ideológica, periodística y volátil, por las que se miran con desdén los documentos históricos y la ciencia filológica en nombre del «compromiso». No se suele especificar a qué estamos comprometidos y parece echarse en el olvido que puede darse el caso de que estemos comprometidos con ideas y naturalezas profundamente erróneas y dañinas.
En consecuencia, me he atrevido a elegir como emblema de este volumen una frase de una carta que le escribí una vez a un colega francés [«El único compromiso digno de un erudito es el de comprometerse con la verdad o, al menos, con la búsqueda de la verdad»].
Paul Oskar Kristeller, Iter Italicum accedunt alia itinera: a finding list of uncatalogued or incompletely catalogued humanistic manuscripts of the Renaissance in Italian and other libraries, Londres, The Warburg Institute y Leiden, Brill, vol. iv: Great Britain to Spain (Alia itinera, ii), 1989 (prólogo fechado en 1987), pág. xviii.
The climate of public and academic opinion has not changed since 1987 when I described it in the preface to Volume IV. If anything, it has become worse in its obsession with faddish ideas and its contempt for solid scholarship. I trust my motto from Epicurus is pertinent [“An opinion is valid when it is confirmed and not refuted by the evidence of a sense perception”], for also the opinion of a historian is valid only when it is confirmed and not refuted by bibliographical, documentary and textual evidence. An opinion that does not stand this test should be rejected, however appealing for political or other reasons. I hope this modest compilation will help to put an end to many wrong opinions and to restore “traditional” scholarship to its right place.
El clima de la opinión pública y del mundo académico no ha cambiado desde 1987 cuando lo describí en el prólogo al volumen IV. Más bien ha ido a peor la obsesión por las ideas volátiles y el desdén por la sólida ciencia. Confío en que el lema que tomé de Epicuro sigue siendo pertinente [«Una opinión es válida cuando la confirma y no la desmiente la evidencia de lo que perciben los sentidos»], ya que la opinión de un historiador es asimismo válida solo cuando la confirma y no la desmiente la evidencia bibliográfica, documental o textual. Cualquier opinión que no superara semejante examen debería ser rechazada, por muy atractiva que resultara por razones políticas o de otro género. Espero que esta modesta compilación ayudará a acabar con muchas opiniones erróneas y a devolver a la erudición «tradicional» el lugar que le corresponde.
Paul Oskar Kristeller, Iter Italicum accedunt alia itinera: a finding list of uncatalogued or incompletely catalogued humanistic manuscripts of the Renaissance in Italian and other libraries, Londres, The Warburg Institute y Leiden, Brill, vol.v: Sweden to Yugoslavia, Utopia and Supplement to Italy (A-F) (Alia itinera, iii & Italy, iii), 1990, pág. xix.
Guenizá de notas, informaciones, datos, sorpresas y serendipias sobre el maestro Alfonso de Zamora (ca. 1474-ca. 1545), primer regente de la cátedra de Hebreo de la Universidad Complutense cisneriana y sobre las circunstancias de la tesis doctoral que le dedico.