מילדותי אהבתני \ יום וליל לא עזבתני \ עתה למפריע שמתני \ בין עמים חוסה נא

Desde que era niño me has querido, sin dejarme ni de día ni de noche.
Ahora en duelo y en quebranto me dejas en medio de las naciones.
Y yo te ruego piedad.

Poema litúrgico (piyyut) para la Pascua judía, de Asher Mizrahi [אשר מזרחי] (compuesto seguramente en Túnez según la tradición sefardí de Alepo, siglo xx).

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La bibliografía que llaman científica sobre Alfonso de Zamora no es muy extensa pero sí prolija (en la primera acepción de doña María Moliner) aunque parezca concisa. Resulta, eso sí, casi siempre entretenida. Yo tengo mis preferencias. Por ejemplo, los artículos que ha ido publicando (y los que está preparando) Carlos Alonso Fontela. Si no echo nada en el olvido, y espero que no, serían los siguientes: «Anotaciones de Alfonso de Zamora en un Comentario a los Profetas Posteriores de Don Isaac Abravanel» (1987), «Censura en el Targum al “Cantar de los Cantares” de la Biblia Políglota de Amberes» (1991) «Una breve nota marginal de Alfonso de Zamora sobre lahpor perôt (Is 2, 20)» (1992) «Prólogo arameo y anotaciones hebreas de Alfonso de Zamora para una copia manuscrita del Targum a los Profetas encargada por la Universidad de Salamanca» (2009) y los borradores que generosamente ha puesto ahora a disposición del público curioso: «Notas varias de Alfonso de Zamora (Profesor de lengua hebrea del s. xvi)» (primera, segunda, tercera, cuarta y quinta entrega) y «Paremias de Alfonso de Zamora». (Una de las pocas cosas que tengo por cierta es que no creo que pueda llegar a agradecerle a Carlos como se merece su generosidad repetida. Y no es una certeza que me deje particularmente satisfecho. )

Como les explicaba, hay algo más de bibliografía zamoresca (que es el adjetivo que corresponde a lo propio de Alfonso de Zamora, invención feliz de la llorada Sophie). Dos tesis, por ejemplo. La primera, defendida en 1944, respira una placidez intelectual que hay quien aún añora, hecha de certezas, disciplina y vasallaje, pero con mucho rigor filológico. He querido buscar desde hace tiempo en qué podía simpatizar con este esfuerzo de posguerra civil y de guerra europea; nunca he dejado de fracasar en ese empeño.

Luego hay otra tesis, reciente, ejemplo de muchas cosas. Por ejemplo, de la soportable levedad de la labor que llaman intelectual y que hay quien quiere certificar con tesis, tesinas, artículos, monografías, ponencias (péipers los llaman ahora, en español, en algunos invernaderos de las ciencias, grandes productores de tomates lustrosos, bien financiados e insípidos, individualmente tan rentables como socialmente exangües). Son pasaportes profesionales (los péipers, las monografías, los artículos, las tesinas y las tesis, no los tomates) contra los que no diré nunca nada. Hay quien también hace ganapán, con que dar de comer a sus hijos, del tarot y la cartomancia. Y hay otras supersticiones de réditos generosos que hacen mucho más daño al cuerpo social: los mercados de valores, si tuviera que pensar en una a bote pronto. O los artículos sobre historia de Serafín Fanjul, César Vidal Manzanares o Pío Moa en la prensa virtualmente diaria. Seguramente ejemplos no falten más allá de ambos tipos de productos financieros, hijos pródigos de la especulación en valores.

Pero hoy quería hablarles (brevemente) de dos talentos que considero desaprovechados para quehaceres más dignos de sus afanes (ya decía Amparo Alba Cecilia el otro día por otro lado que la hebraística debía seguir siendo una opción felizmente minoritaria). Uno podría haber alumbrado la vida espiritual de nuestro tiempo si hubiera seguido el destino al que su preparación y sus dotes lo llevaban: la filosofía orteguiana. O la redacción de literatura a lo Azorín (última época). El otro, en mi opinión de suburbio, habría hecho un papel de dignísimo lustre en las páginas de opinión de un diario local o comarcal, o en las de cultura. Con mucha indignación de la de santa cruzada. Furibunda, muy furibunda. Y atropellada, no fueran a estorbarle los detalles.

Una ventaja de no explicar los símbolos es la carencia de remordimientos.

Carlos Monsiváis, Nuevo catecismo para indios remisos.

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Sobre nuestro Alfonso de Zamora –diría que ya es más de ustedes que mío, a Dios gracias– Carlos Carrete Parrondo ha publicado dos piezas en las que se entregó a disquisiciones zamorescas: Hebraístas judeoconversos en la Universidad de Salamanca (siglos XV-XVI) (1983) y «Tres precisiones de Alonso de Zamora ante el Tribunal de la Inquisición» (1974). Trataremos hoy más bien de la primera.

Por su parte, Carlos del Valle Rodríguez ha alumbrado asimismo algunas referencias con la excusa de nuestro converso, más de lectura obligada que de obligada lectura: «Notas sobre Alfonso de Zamora» (1987), «La rebelión comunera: un testimonio hebreo contemporáneo» (1991), «Un “Sefer Diqdûq” atribuido a R. Abraham ibn ’Ezra» (1995) y «Un poema hebreo de Alfonso de Zamora en alabanza de la versión latina bíblica de Pedro Ciruelo» (1999). Dado lo fecundo de la imprenta de Carlos del Valle, no puedo asegurar que no haya más contribuciones fruto de su escritura andando el mundo sin que yo me entere. La prodigalidad del ingenio suele producir transtornos de la atención debida.

Carlos del Valle, que tiene entre sus hábitos utilizar las notas a pie de página como puntas de estilete (o de navaja de Albacete) y las publicaciones periódicas y científicas como acorazados Potemkin, mantuvo una polémica unidireccional (infelizmente breve, por tanto) con Carlos Carrete hace ya algunos años. Surgió a cuenta de una traducción de una carta que Alfonso de Zamora escribió, por encargo de la Universidad de Alcalá (suponemos) al Papa Pablo III. El texto de la carta se conserva en la sección E (según Moritz Steinschneider) del manuscrito Or[iental] 645 de la Universiteitsbibliotheek de Leiden, volumen misceláneo que es lo más parecido a un batiburrillo (que otros llamarían guenizá) que existe en el legado imprevisto de Zamora.

Carlos Carrete y Carlos del Valle, que escribieron ambos sobre este fragmento, nunca lo han visto. En la carrera que algunos llaman científica pocas veces se pueden emitir juicios con esta contundencia así que, por una vez que puedo, me van a permitir que me explaye. La nómina de personas que han visto (ni les digo consultado o examinado) el manuscrito Oriental 645 de la Universidad de Leiden conforma un club quizá no selecto pero sin duda exiguo. Olvidémonos de los siglos xvi, xvii, xviii y primera mitad del xix porque, por una vez, no vienen mucho al caso. Desde la segunda mitad del xix, en que la cosa ya empieza a interesarnos más, la Miscelánea Zamoresca de Leiden (que así la llaman los amigos) ha sido vista, por riguroso orden de aparición, por Moritz Steinschneider, ¿Adolf Neubauer?, Albert van der Heide, Arnoud Vrolijk, Karin Scheper, Theodor W. Dunkelgrün, Carlos Alonso Fontela, un servidor de ustedes y el distinguido público que asistió a cierta discreta kermesse bátava hace ya algunos meses. Y de los de este club, Carlos Alonso ha visto esta pila de papeles solo por fotos (muy buenas, eso sí).

Ni Carlos Carrete Parrondo ni Carlos del Valle Rodríguez han visto jamás en su vida el manuscrito. Ni siquiera una reproducción. Sé de muy buena tinta que hasta julio de 2010 nunca se había hecho ninguna reproducción del manuscrito, ni por medio de microfilmación ni mediante fotografía. Así que dos de los tres autores que escribieron citando el manuscrito de Leiden lo hicieron por el procedimiento de cita de la autoridad. La autoridad, en este caso, fue Adolf Neubauer, que editó la carta complutense en hebreo al papa Pablo III en una época a todas luces recientes: España no había perdido aún en lid ultramarina sus colonias de Cuba, Puerto Rico y las Filipinas, y el charlestón, como representante de la música moderna, ni estaba ni se lo esperaba. Don Pablo Iglesias aún no era el primer diputado socialista de la historia de España (le quedaban quince años para llegar al congreso) y en Alemania reinaba el káiser Guillermo. Antier, como si dijéramos. Por no estar en este mundo, no había nacido ni mi abuelo, que fue indígena del año siguiente. Una cierta forma de hacer filología entretiene los años de docencia e investigación así: guardando juramento de lealtad a los clásicos del oficio.

La cosa fue la siguiente: Carlos Carrete Parrondo, en su lección inaugural del año académico en la Universidad Pontificia de Salamanca de la que era entonces catedrático, dio en hablar de los Hebraístas judeoconversos en la Universidad de Salamanca (siglos XV-XVI). Y citó (pág. 19) así el documento del que tratamos:

[…] y aunque tengo setenta años no recuerdo hasta hoy ningún día alegre […] Que soy el único sabio [judío] de España después de la expulsión del reino de Castilla, que tuvo lugar en el año 5252 de la era de la creación del mundo de los herejes, por la cual cuentan hoy los judíos del mundo entero que viven en el destierro por sus pecados.

Unos cuantos años después, el acorazado Del Valle le replicó desde las páginas de la revista Sefarad (volumen xlvii, n.º 1, de 1987, pág. 173, nota 1):

Igualmente, en el colofón de la versión hebrea de la carta del Rector Zornoza al papa Pablo III, datada de 31 de Marzo de 1544, dice tener como unos setenta años (והרי אני כבן שבעים שנה) […] Sorprende verdaderamente que el Dr. Carlos Carrete, refiriéndose al último texto citado, pase por alto la significativa conjunción como. Traduce sorprendentemente: tengo setenta años. También nos sorprende en los mismos párrafos con traducciones como éstas: no recuerdo hasta hoy ningún día alegre, cuando el texto dice: no he merecido (zakîtî); añade por su cuenta: año… de la era de la creación del mundo de los herejes, cuando el texto dice sólo: año… de la creación del mundo. Traduce: Que soy el único sabio (judío) de España. El texto dice: Me he quedado sólo [sic] de entre los sabios judíos de España […]

La filología, que no es una ciencia sino una de los infinitos recursos con que entretiene el ingenio humano la lucha contra el tedio (su gran enemigo, pariente cercano de la muerte), produce a veces fenómenos extraños, casi paranormales (o paradisiacos). Puede hacer, por ejemplo, que un servidor de ustedes esté de acuerdo con Carlos del Valle, que, se los aseguro, es un fenómeno tan raro como las apariciones marianas en Fátima, un político inmune al coche oficial o un claustro sin envidias. Efectivamente, el texto dice (como si dijéramos, porque el texto no habla castellano, claro; se lo hacemos hablar nosotros) como unos setenta años. Y dice algo así como no he mercecido (en lugar de no he recordado), un día bueno o incluso un día de fiesta más que el día alegre que Carlos del Valle no le enmienda a Carlos Carrete.

En todo, eso sí, no estoy de acuerdo con Carlos del Valle, más por rutina que por convencimiento, claro está. Es mi natural tiquismiquis, una inclinación censurable. Carlos (del Valle), pillastre: yo no le habría puesto tilde a Me he quedado sólo, que ese yo solo (לבדי) es de quedarse más solo que la una, no pariente sinónimo de solamente. Y ese 31 de Marzo de 1544 con mes mayúsculo, ¡ay, correveidile, granujilla!, ¿por qué no me lo habrás puesto con minúscula? Son minucias, claro. Tanto Carlos Carrete primero como Carlos del Valle después se fiaron de la autoridad competente para el asunto de la fecha, es decir, de Adolf Neubauer. Yo, que soy un ciudadano responsable y cumplidor con la autoridad, también me fío de don Adolf, bibliotecario que fue de la Bodleyana de Oxford. ¡Sólo faltaría! Y hasta me quito el bombín, si hace falta. Solo digo (y más por entretener la tertulia que por querer convencer a nadie) que de las siete personas que han visto el manuscrito y que entendían lo que pone (porque está en hebreo que eso, quieran que no, siempre es un engorro; que se lo digan, si no, a Luis Suárez Fernández o a José Ramón Hinojosa Montalvo, por ejemplo) todos podrían atestiguar que no tenemos en realidad mucha idea de si ese colofón del 31 de marzo de 1544 corresponde de veras a la carta que dizque le mandó la Universidad de Alcalá al papa o si, en realidad, pertenece a otro cuadernillo de ese montoncito de papelitos sueltos en que consiste el manuscrito Or. 645 de Leiden. Para ver eso, claro, hay que ver el manuscrito en cuestión porque Neubauer no lo dice. Y, como Neubauer no lo dice, ninguno de los dos Carlos en liza lo vieron. Llevo ya algún tiempo convencido de que la filología, aparte de provocarla, es en sí misma una forma de miopía.

Todo esto son minucias, ya les decía. Pero no digan que no van avisados. Este blog lo advierte desde el título, porque será un blog de mesa camilla pero siempre ha gozado de una extremada conciencia de sí mismo. Los Peruré Alfonso (פירורי אלפונשו) no son otra cosa que eso mismo: las minucias de Alfonso.

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En esos dimes y diretes entre los dos Carlos hubo una cosa que me tuvo mosca (a partir de la tercera vez que me lo leí, que uno no es precisamente un as de la lectura rápida). Yo le daba vueltas y vueltas a la cabeza y no conseguía dar con la fuente del zumbido que me tenía inquieto. Hasta que un día caí en la cuenta. Un Carlos y el otro Carlos se habían paseado por las frondas del texto que editó Neubauer pero a ninguno le había parecido pertinente hacer notar un detalle (ya les había dicho que el asunto iba, como solemos por aquí, de minucias). Y yo, si me tomo la libertad de hacerlo notar ahora, es más por la manía que me posee por todo lo socialmente inútil que porque mi anotación vaya a servir de ningún provecho. Ambos Carlos se hermanaban al no hacer ver, por omisión, al lector de sus artículos que esta frase, Hete aquí que es como si yo tuviera setenta años y no he merecido ni un día de fiesta hasta hoy (הרי אני כבן שבעים שנה ולא זכיתי ליום טוב עד היום) no merecía más explicación que una traducción al pie de la letra. Este es el problema principal de las traducciones al pie de la letra: no suelen lograr que el texto recupere la postura erguida. Un servidor de ustedes, ya lo saben, es admirador confeso de los rastros, los vestigios, los pecios, y de los susurros más que de los artículos de opinión furibundos. Es una evidente muestra de que me falta carácter, no se lo niego. Yo, por ejemplo, sin querer enmendarles la plana a ninguno de los dos Carlos, sí le hubiera hecho notar al lector desprevenido lo que estaba diciendo Alfonso de Zamora, que había pasado por un exilio forzado, por una conversión vaya usted a saber en qué condiciones, por dos puestos de profesor universitario como mínimo (con lo que eso cansa), por horas y horas de copia de libros, por un rector que cambiaba cada año por San Lucas, en octubre (con lo que eso fomenta el cabildeo), que había visto perdérsele a un hijo y que, en definitiva, se veía con setenta años probablemente cumplidos escribiéndole una carta al papa en la lengua judía (como dice él mismo precisamente en esa carta), una carta que sabía de sobra que el papa Farnesio no leería pero que sí leería el «escribano hebraico» (scriptor hebraicus) del Vaticano, quizá un converso como el propio Alfonso.

Y es que Alfonso de Zamora estaba citando la fiesta por antonomasia de la libertad y de la infancia y el primer libro de los sabios. Alfonso citaba, palabra por palabra (al pie de la letra, erguida en este caso a los amarraderos del recuerdo) la Mishná (el primer libro de los sabios) y el relato fundador y mítico (haggadá) de la Pascua judía (Pésaj). En la Mishná hay un personaje, el rabino Eleazar ben Azariá, joven aunque sabio (y rico), que, por una jugada del destino (que otros llaman Dios) se despierta un día convertido en un anciano, responsable de su comunidad. Y él dice esa frase que vertebra uno de los momentos de la lectura ritual de la haggadá de Pésaj y que los sabios de Israel fijaron por escrito en la Mishná: Hete aquí que es como si yo tuviera setenta años y no he tenido ocasión (es decir, no he merecido) que se recite la Salida de Egipto en las noches. El milagro de la sabiduría, como en el caso del rabino Eleazar, oculta siempre la amarga certidumbre de la vejez y de la muerte. Del exilio, no tanto de la infancia, sino del recuerdo de la infancia. O, incluso, de la posibilidad de querer recordar la infancia. Quizá resida en esa circunstancia la imperiosa necesidad humana de comunicarse y, en los casos más graves, hasta de empecinarse en mantener diálogos (que no lecturas ni traducciones) con textos ilegibles.

Quizá ambos Carlos, al escribir sus traducciones de las palabras de Zamora, pensaran, como pensé yo al escribir esta minucia que aquí les dejo, en un eco parecido de sabiduría, vejez, exilio, muerte e infancia. En los versos que dejó al morir, apenas cruzada la frontera de la Cataluña francesa internándose en el exilio, don Antonio Machado: estos días azules y este sol de la infancia. Y quizá (qué digo: estoy seguro) ambos Carlos sintieran, como siento yo ahora mismo al escribir estas palabras, un estremecimiento. Lo prudente, como hicieron ellos, es no decir nada.

A veces ocurre que el desempeño de las profesiones convierte la vocación más en eficacia que en cariño. A veces ocurre que el desempeño de una profesión provoca pena y ya saben ustedes que en algunos dialectos de la lengua en que esto escribo, la pena linda más con la vergüenza que con la lástima.

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