Discléimer personalizado: Servidor de ustedes adscribe académicamente la tesis doctoral que anda pergeñando a una institución francesa de enseñanza e investigación cuya principal virtud, en opinión de servidor de ustedes, es que no parece francesa. Entre las circunstancias a las que obliga esta adscripción figura, en primer lugar, que la citada tesis doctoral se esté escribiendo en francés (como buenamente se puede, huelga decirlo). En eso sí parece francesa (ni que decir tiene).
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N., el hijo de R. y de su marido (cuyo nombre no recuerdo pero ya me lo harán recordar), es un niño chileno y de lengua materna (y paterna) española (o castellana) que vive en Francia desde hace unos dos años. Asiste a una guardería o jardín de infancia o escuela infantil o kínder o école maternelle pública de un barrio periférico (más modesto que petulante) de París. N. es (me dicen) un encanto de niño: discreto, juguetón, cariñoso, sociable (como su madre R.). La maestra infantil de N. le tiene castigado día sí y día también. N., afirma la maestra, «habla muy alto». Y tiene que aprender, señala la maestra, «a ser francés». A ser francés se aprende, al parecer, castigado. De cara a la pared, concretamente. Que es como le enseñan a ser francés a N. cada vez que habla (alto). O sea, siempre.
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Se nos anima a creer que sólo Francia tiene una historia y una memoria de magnitud suficiente para justificar y satisfacer las ambiciones de Les Lieux de mémoire. Más aún, para Nora [editor general de la serie Lieux de mémoire; JdPP], «Francia […] es “una nación de memoria” en el mismo sentido en que los judíos, durante siglos sin Estado y sin tierras, han sobrevivido a lo largo de la historia como un pueblo de memoria». Y – solo para remachar la idea –, al parecer, únicamente se puede hablar de lieux de mémoire en francés: «Ni en inglés, ni en alemán, ni en español hay un equivalente satisfactorio. Esta dificultad para traducirse a otra lengua ¿no sugiere ya algún tipo de singularidad?». Según Marc Fumaroli en «The Genius of the French Language», esta distinción lingüística tiene algo que ver con la tradición de la retórica francesa, heredada directamente del latín. Entonces, los italianos seguramente también la tienen; pero ¿quizá les faltan a ellos las cargas históricas necesarias? Como dicen los italianos (no hay equivalente francés satisfactorio): «magari».
— Tony Judt, «À la recherche du temps perdu: Francia y sus pasados», Sobre el olvidado siglo xx, Madrid, Santillana (Taurus), 2008, traducción del inglés de Belén Urrutia, págs. 193-212 [202-203] (publicado originalmente en inglés en The New York Review of Books, 3 de diciembre de 1998 y reeditado en Reappraisals: reflections on the forgotten twentieth century, Nueva York y Londres, Penguin, 2008).
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De mis notas de un interminable viaje a París en tren:
«Yo, cada vez que me llaman al teléfono [de una compañía telefónica para venderme algo] les digo que me pasen con alguien que hable español. Yo es que con esos suramericanos que hablan así, tan melosos, no puedo. Yo es que les digo “o me dejan de hablar tan meloso o cuelgo”. Yo siempre les digo que me pongan con alguien que hable como yo.
«Yo es que vivo en Marbella: aquello es un paraíso. Es que vivimos en un microclima, ¿sabes?
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Foto sacada del blog Langue sauce piquante, de Martine Rousseau y Olivier Houdart, correctores de Le Monde; «Reading» de Larissa Sansour, 2006; música de Orchestre National de Barbès, «La Rose (tu n’es plus comme avant)», Alik (2008).


mayo 10, 2010 at 9:10 pm
Me dejas pensando, ¿cómo hacer el lazo entre esa utilización de la memoria como cohesión nacional, que además se jacta de la singularidad de la lengua francesa, con la exclusión, que también pasa por la lengua?
A mi esa frase de Nora me pone a rabiar, eso de creer que el pueblo judío o Francia son un pueblo de memoria es descartar todas las otras maneras de recordar, de escribir la historia, de conmemorar que por no serles legibles o comprensibles – como el niño que no habla como ellos- son inexistentes…
Me encantaría terminar de leer lo de Tony Judt pero hay que estar abonado.
mayo 13, 2010 at 4:31 am
Aunque esas cosas te pasen en el tren, de accidental tienes poco. Reconócelo: vas con la antena puesta, bribón. (Los del gremio “accidental” nos vemos venir…)
El caso es que si el desdén por la lengua ajena, más si es lengua que por causa migratoria o resistencia asimilatoria desafía a la cerrada homogeneidad nacional, no me pilla de nuevo, el desdén por la propia aún me sorprende cuando lo oigo manifestarse. Aquí donde vivimos -bien, donde vivo yo y usted se demora a temporadas- las víctimas propiciatorias de los menosprecios dialectales son preferentemente murcianos y canarios, que han de aguantar chanzas y afectaciones de no pocas paletas como las del chemin de fer parisino. Lo chocante del caso es que acostumbran a venir de la misma clase de gente que se exalta pensando en el vigor y pujanza de la expansión colonial castellana y que luego se solivianta cuando en alguno de sus dominios encuentra leves moderaciones. Parece que también cuando la parroquia decide tomar sus propias iniciativas en cuestión de acento, prosodia y léxico. Yo, impertinente de raza, no siempre puedo resistirme. Cuando hay alguna confianza -y hasta sin haberla- me permito aplicar alguna infalible triaca. “Sabía señora -le solté no hace poco a una marbellí de la vida- que hay 300 millones de hispanoparlantes que hablan el español meloso y una reducida minoría de no más de 20 millones que lo hacen tan fetén como usted y como yo.” Las metemáticas siempre impresionan a esta gente: el jeto de la paradisiaca fue de antología.
mayo 13, 2010 at 11:18 am
Ai, Alexandre, quina finor! Quina subtilesa de l’expressió! «el desdén por la lengua ajena, más si es lengua que por causa migratoria o resistencia asimilatoria desafía a la cerrada homogeneidad nacional», diu. Pillastre!
Respecto del desdén por cosas de la propia, siempre se podrán buscar excusas caras: clasismo y racismo, principalmente. Siempre me ha parecido que esto de las identidades lingüísticas, que no de las lenguas, que ya sabemos que esas segundas peland[r]uscas van a lo suyo, es como las relaciones de pareja: los malos tratos bien entendidos empiezan en la casa propia.
Por otra parte, tus matemáticas son impecables. Yo las saco a relucir a menudo, emprenya[d]or que soy de mena, pero nada: como afirmaba con cierto resabio amargo Miquel Boronat en uno de sus esbozos, no pocas veces parece que, en una discusión, lo que interesa es reafirmar las ideas propias antes que estar alerta de que te hagan ver que está saltando la liebre de los propios prejuicios. Aunque parezca frustrante, yo lo he querido metabolizar pensando que eso es signo de lo que queda por recorrer, no de que no sea necesario recorrerlo.
mayo 13, 2010 at 1:43 pm
Sobre lenguas propias y ajenas, recién salidito del horno. Creo que lo mejor es seguir hablando…
mayo 13, 2010 at 2:53 pm
Alexandre, salud por esa respuesta!
Y lo peor del caso, es cuando los prejuicios sobre la lengua se convierten en ley…http://www.racewire.org/archives/2010/04/az_to_teachers_take_your_accents_and_ethnic_studies_outta_here.html
mayo 13, 2010 at 8:38 pm
Amics meus:
Avui mateix -i no és cap invent- he conegut un alacantí de seixanta anys a Guardamar. Com que ens seguia en castellà però semblava saber tant o més català que nosaltres m’ha informat que son pare i sa mare eren de dos poblets de la Marina Baixa i que li havien parlat valencià sempre malgrat que ell havia nascut i vivia a Alacant.
Li he preguntat el per què no ens parlava en valencià i m’ha dit fil per randa:
¡Es que si hablo en valenciano tengo que “sesear” y no puedo!
Dóna per a un apunt per aquí el teniu. Avui mateix i el conec perquè el veig sovint al mateix bar de Guardamar.
mayo 13, 2010 at 9:29 pm
Miriam: salud… y ¡res publica! Uy, perdón.
Joan-Carles: Zeñor, Zeñor… (llegint com estic ara, d’Amado Alonso, «Historia del ‘ceceo’ y del ‘seseo’ españoles» (De la pronunciación medieval a la moderna en español, tom ii).
mayo 14, 2010 at 8:37 pm
[...] accidental? Al fin y al cabo ya me han pillado y debe de ser voz pública que uno va siempre con la antena puesta. Por ir variando, y por acabar la semana (a la judiega, claro) se me ha ocurrido que podrían [...]
agosto 24, 2010 at 12:21 am
Una vez, una amiga valenciana de la Ribera y un servidor, en un tren entre Paris y Orléans, en segunda clase, hablabamos de nuestros respectivos pueblos, fiestas, carreras y mas anecdotas, con nuestro tono normal valenciano y con sus respestivas carcajadas, en fin, nada que en un Catalunya Exprés, un cercanias, un talgo o un euromed hubiese provocado quejas, pero en el dichoso Intercités nos mandaron hablar mas bajito. Si bien uno ya habia visto que somos mas ruidosos, nunca habia experimentado que su tolerancia era mas baja. Aunque yo tengo la corazonada que si el tren hubiese sido entre Montpellier y Narbona la cosa hubiese sido muy distinta.
En fin, todo esto para decir que el aprender a ser francés, demasiadas veces asociado a aprender a ser parisino, si para el nino chileno ya es dificil, para nosotros es imposible. Y a pesar de todo se esta bien aqui, muy bien. Sobretodo si de vez en cuando aparecen Indurains para echarle un poco de llimonà al vino.
agosto 25, 2010 at 7:46 pm
[...] pero es que ya decían que no, que me dejara de tomarles el pelo, que es que uno va siempre con la oreja puesta o con el ojo avizor o con la premura de indignarse como avío (así le va a uno, claro está). Ha [...]
agosto 25, 2010 at 7:53 pm
La esperanza, ya se sabe, es lo último que se pierde y lo único que se conserva. Y sí, Dani, yo creo que todo esto ya nos ha pillado mayores, como a los inmigrantes africanos en Francia o España, otro suponer bien cercano a valencianos emigrados de volumen alto.