Ocupar, del Latino occupare, como ocupar algún lugar. Significa tambien embaraçar, y dar en que trabajar, a lo qual llamamos ocupacion.
Sebastián de Covarrubias Orozco, Tesoro de la lengua castellana o española (1611), edición de 1674, f. 124v (b).
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Ave, color vini clari. / Ave, sapor sine pari. / Tu a nos inebriari / Digneris potencia. / O, quam felix creatura / Quam perduxit vitis pura, / Omnis mensa sit secura / In tua presencia. / O, quam placens in colore, / O, quam fragrans in odore, / O, quam sapidum in ore, / Dulce linguis vinculum! / Felix, venter quem intrabis; / Felix, gutur quod rigabis; / O felix os, quod lababis. / O, beata labia! / Ergo, vinum colaudemus, / Potatores exaltemus, / Non potantes confundemus. / In aeterna saecula, amen!
¡Ave, color del vino claro! / ¡Ave, sabor sin igual! / Tú, que por tu poder / te dignas embriagarnos. / ¡Oh, qué feliz criatura, / qué pura te crió la viña! / Toda mesa sea segura / si se te halla en ella. / ¡Oh, de tu color qué placeres! / ¡Oh, qué fragante de olores! / ¡Oh, qué sabor en la boca, / de las lenguas dulce cárcel! / Feliz vientre en que tú entrares; / feliz, la garganta que bañas. / ¡Oh, feliz boca, que riegas! / ¡Oh, beatos labios! / Así pues, alabemos el vino, / a los bebedores exaltemos, / confundamos a los abstemios. / Por los siglos eternos, amén.
El Coro de Ladinamo (que hace estas cosas) interpreta «Ave, color vini clari», motete paródico con letra del siglo xiv y música de Juan Ponce (c. 1476-c. 1520) según el manuscrito Madrid, Real Biblioteca, n.º II-1335, conocido como «Cancionero de Palacio».
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Era un refugio y quedaba muy cerca de otro. El otro es la principal casa de Alfonso de Zamora, la Biblioteca Histórica «Marqués de Valdecilla» de la Universidad Complutense, que queda en la esquina de las calles de San Bernardo y del Noviciado de Madrid. Esta otra casa es rara. En primer lugar, porque el edificio fue legado y generosidad de un filántropo aficionado a la cultura, Ramón Pelayo de la Torriente, primer marqués de Valdecilla. Busquen en su biografía: seguro que hay más de un punto oscuro. No conozco rico que haya hecho, ni ahora ni nunca, su fortuna sin dar un par o más de pisotones o un par o más de cuchilladas. Ocurre tan solo que tampoco conozco muchos ricos de mi país y menos aún de mi ciudad (que es Madrid, por si alguien no lo supiera) que se hayan destacado por su labor filantrópica y por su generosidad sin contrapartidas aparentes en el gastar. Pero parece que este primer Marqués de Valdecilla sí, miren por donde. El caso es que en el caserón quedó instalado el Paraninfo de la Universidad (que acoge sus grandes actos y que albergó muchos años la Asamblea autonómica de la Comunidad de Madrid) y mucho, mucho más tarde, la Biblioteca que conserva, con mimo tan profesional como no menos raro, el fabuloso azar que supone todo lo que ha llegado del patrimonio librario de la Complutense (primero alcalaína; luego «Central» en Madrid; luego, de nuevo, Complutense ni que sea en el gentilicio heráldico). Y todo conservado en el insólito regalo de un filántropo español a una universidad española. Flipante.
Ya les decía que no es lo único raro. A punto de cumplir el primer quinquenio de feliz dedicación a estas cosas de los manuscritos, he tenido oportunidad de zascandilear, más quizás de lo que debiera, por un par o tres de bibliotecas de fondo antiguo, de esas que guardan «libros secretos cuyo aroma no han borrado los años». La casuística es variada, que quieren que les diga, pero, en general, tengo para mí lo acertado de la máxima que me soltó no hace mucho Saverio en París: «Soy un amante de los libros, lo que no me lleva por fuerza a ser un amante de las bibliotecas». Salvo, quizá, por ese raro refugio de la «Marqués de Valdecilla», inaudita por tantas cosas: por el amor no menor a los libros que a sus lectores, por el cuidado de los detalles (tan nimios como la temperatura ambiente o las cajas estancas y opacas o la abundancia de luz natural en la sala de lectura), por la preocupación felizmente obsesiva por hacer compatibles docencia con discencia, medios con personal, conservación con consulta, consulta con preservación y, llegado el caso, restauración. Pero, con mucho y mal está que yo lo diga, lo más sorprendente es que todo este esfuerzo se haya llevado a cabo en el marco de la Universidad Complutense. Vaya, no me miren así: a punto estoy de cumplir quince años de relación prácticamente ininterrumpida con esta universidad. Sé de lo que hablo, me parece. Y Quevedo también:
Miré los muros de la patria mía,
si un tiempo fuertes, ya desmoronados,
de la carrera de la edad cansados,
por quien caduca ya su valentía.
Madrid, conveníamos hace poco Francisco y yo, se caracteriza en esta nuestra edad quizá de hierro por dos hechos urbanísticos: la desmesura de que todo lo que pasa se concentre en un centro urbano de extensión mínima respecto de la hipertrofia de la metrópoli, a la vista insuficiente para albergar todo y a todos los que tiene que albergar, y lo irremediablemente anodino de muchos, si no todos, sus barrios fuera del centro, incluidos no pocos de los considerados señoriales: casi todo el barrio de Salamanca, Moncloa sin remisión (salvo la esquina de Gaztambide con Alberto Aguilera que nos recuerda la residencia de un gran bebedor de whisky), calles y calles entorno a la Castellana. No es que el Palacio de Linares, donde ahora tiene sede el neoimperialismo institucional español de ambición americana, hubiera podido estar lleno de fantasmas (y hay no pocos fantasmas que se han lucrado con esos fantasmas): toda la Castellana, antes «Avenida del 14 de Abril», es un fantasma. De los palacetes nobiliarios que la jalonaban hasta donde se acababa Madrid, la Colina de los Chopos, y que se llevó por delante el desarrollismo franquista de los años 60 solo quedan espectrales pasadizos del tiempo que pudo haber sido pero no fue. Eso fueron las casas: polvo que fueron, mas polvo enamorado. Pero aunque hay algunos amigos de esta casa que se inquietan más por las casas que por la gente, servidor de ustedes se suele inquietar más por la gente que por las casas. No hay de qué escandalizarse, ni por una inclinación ni por la otra: son formas distintas del mismo amor.
Igual que conveníamos en lo anodino del desastre urbanístico de nuestra ciudad natal, Francisco y yo acordábamos que algo debe de fallar en esta ciudad de Madrid por lo falta que nos parece de movimiento, artístico y cívico. Nos parece – huelga decir que sin excluir que estemos errados – que aquí se hacen en realidad pocas cosas; que las pocas que se hacen, se subvencionan mucho; que las que se subvencionan, se momifican asaz; que las que se momifican, de nada sirven para quitarle el marasmo y el pasmo indolente a las gentes de nuestra ciudad. Permítanme que se lo resuma: esta es la ciudad en que el Albert Boadella de Els Joglars ha encontrado prohijamiento presupuestario con Esperanza Aguirre, la del «tamayazo». Esta y no otra es la triste condición de nuestro agujero negro institucional.
Por eso se hacen necesarios los refugios: el Patio Maravillas era uno. Bien entendido, exento de derivaciones irreflexivamente estéticas, dirigido como un acto de socialización de cultura y de aculturamiento de la libertad, el fenómeno de la okupación (que «significa también embarazar, y dar en que trabajar», como señalaba Covarrubias en el siglo xvii) es sobre todo, en esta ciudad de Madrid, reclamar que, puesto que comunes son el sol y el viento, común ha de ser la tierra, como eran las dehesas boyales de mi pueblo de Segovia, en las faldas de la Sierra de Guadarrama, antes de que las expropiaciones criminales del primer franquismo vencedor las distribuyera con liberalidad delincuente entre los potentados de la provincia. La tierra de este Madrid, convertido en lúbrico objeto de codicia de generaciones y generaciones de especuladores paniaguados y bien relacionados, es su delicada trama urbana, siempre a punto de la caída. Proyectos como el del Patio Maravillas son vitales para la supervivencia del decoro en este epítome de la necedad franquista que fue durante 40 años mi ciudad de Madrid, sordidez que siguen perpetuando las estructuras de poder del régimen actual (la corrupción, la primera), en la Universidad, en los ayuntamiento, en el gobierno regional, en los reflejos condicionados de no pocos de sus habitantes: «hijo mío, tú no te signifiques».
Si comunes son el sol y el viento, común ha de ser la tierra. Que vuelva común al pueblo, lo que del pueblo saliera. Y la primera comunidad, más básica que ninguna, es la que conforman educación y cultura.
La cultura, cuando lo es, simplemente libera a sus felices criaturas.


enero 28, 2010 at 11:49 pm
Hermoso tu post, me encantan estas migajas de links y de citas que hacen a esta lectura del documento electrónico. La última vez que estuve en Madrí, conocí el Patio maravillas, era un lugar sensacional dentro del universo Okupa que en Berlin por ejemplo, decae, no sólo en número sino en activismo político. Sin embargo, en el Patio Maravillas había clases de español para inmigrantes, ayuda para los familiares atrapados en esa cárcel espantosa (habían unas fotos, creo que la cerraban ese fin de semana, se podía ir a visitar pero no me dio tiempo.) En esa ocasión, iba del patio maravillas a la boda de mi primo en el casino de Madrí – nunca vi un círculo social más rancio, además fuimos a una cena, en algún club con nostalgia franquista, de cuyo nombre no quiero ni puedo acordarme. Bueno, contaré la anécdota, eso fue en octubre 2008. La tía de la novia era la asistenta de Esperanza Aguirre – uf, llamarse así y no ser nada esperanzadora-, pues yo le comentaba que iría a NY para presenciar las elecciones y cubrir algo para la prensa, que estaba con Obama y me contestó “un negrito como candidato de Estados Unidos, es lo más impresentable, cuándo se ha visto”. No les digo que se me atoró, se me atoró la deliciosa comida, el jamón, el bifteck y todas las delicias que me dieron – de la comida española, de eso sí no me quejo.
enero 28, 2010 at 11:59 pm
Ea!
No añado mucho, y no por miedo a atragantarme, sino por un sentido muy mío del decoro. Porque Madrid, pese a todo, no es mi ciudad. No es un desplante, sino un sospechar que no es ciudad muy de nadie. Y no por ese tópico tan pegajoso de que esta ciudad acoge a todo el mundo porque es muy abierta y moldeable y no sé qué, sino porque Madrid se me ha acabado revelando como una ciudad del desapego. La gente pasa por ella, la piensa como una lanzadera o un refugio provisional, se deja ir viviendo y algunos hasta se quedan aquí toda la vida, como si la cosa no fuera con ellos. La perciben así incluso muchos que no han conocido otra cosa. En eso es una ciudad tremendamente moderna, con lo que la modernidad significa de irrealidad, de vida que está siempre en otro lado. Pero no la aprehenden porque no se deja; porque no tiene o ha perdido o le han amputado los asideros. Lo que me viene dado de grato en ella me lo tomo como un regalo, pero lo que no me da lo padezco con indolencia.
Por eso me contengo (no mucho como ya se está viendo). Porque me impone respeto una queja tan llena de un amoroso reproche que yo nunca sería capaz de sentir. Es un terreno que por más complicidades y simpatias que le tenga, y bien sabes que no son pocas, me está vedado. Hay en mi, como negarlo, el resignado fatalismo de quien presiente que le van robando algo. Pero que ese algo era poco y que de cualquier forma nunca le perteneció: un traje cogido en préstamo que acaban reclamándole de malas maneras. Y molestan las maneras casi más que devolverlo.
enero 29, 2010 at 12:09 am
Ah, ahora voy a contar la primera vez que fui a Madrid, una ciudad que siempre me ha dejado con la boca abierta y no por hambre, sino por sus contradicciones. No la sentí una ciudad moderna, disculpa Alexandre, más bien como un pueblecillo donde el cine se da doblado al español. (cuando una viene del DF…). Sin embargo me impresionaron sus vitrinas Las vitrinas, tan ingenuas – cuando una está acostumbrada a las de París. Bueno, en esa ocasión fui a presentar un libro a La casa de América Latina, creo que se llama, ahí en las Cibeles, no me gustaba mucho el libro que tenía que presentar pero como era de la directora del Instituto de filológicas de la UNAM, hice una parábola rabínica sobre un texto de Kafka. El libro es sobre los narradores de Auschwitz y la posibilidad de la literatura (que no toma nada en cuenta la utilización política que se ha hecho de la shoah), bueno, la mayoría de los asistentes, mujeres muy elegantes y muy interesadas en el tema. Cuándo se me ocurrió preguntar de la memoria del franquismo – claro, todas y todos muy preocupados por la memoria de Auschwitz, y para qué se me ocurrió preguntar, obtuve no-respuestas, cosas vagas, negaciones y denegaciones. He de confesar que sólo he estado en Madrid en esas dos ocasiones y por cuatro o cinco días cada vez, así que no me puedo pronunciar, pero he de confesar que desde aquél día, Madrid y España me preocupan. La otra cosa que me impresionó, fue que después fuimos a un bar muy elegante en el barrio de Salamanca, tomamos Riojas de primera pero la gente tiraba los huesos de aceituna en el piso!!!! Why???
enero 29, 2010 at 12:20 pm
Más rápido de lo que quisiera, pero es que uno, aunque poco y no asemeje, trabaja. En fin, de vez en cuando.
Miriam: Un premio Nobel, eximio escritor, extravagante ciudadano, senador por designación real y vecino de Madrid durante mucho tiempo describió esta misma ciudad como «un poblachón manchego, mezcla de Navalcarnero y Kansas City», así que es lógico que esto te pareciera un pueblo. Yo, vivir, vivo en Móstoles, bainlieue sur como si dijéramos Antony o Sceaux en París: mi Madrid no es menos provisional que el del bainlieusard norte que es Alexandre (aunque no lo diga). Hay, efectivamente, quien se empeña en que Madrid siga siendo un parque temático del franquismo por el sencillo procedimiento de no evocarlo jamás. El franquismo, quiero decir. Parece que, poco a poco, las cosas sin embargo van saliendo.
Ya había leído por tu rinconcito aleatorio lo de tu viaje a Madrid. Me han llegado justito hoy noticias desde Oxford de que en primavera o verano hay quien quiere venir por aquí con acento holandés. La cosa es, como sabes, que para esas fechas yo debería estar en Italia: tengo una cita en junio en Roma a la que no puedo faltar.
Por acabar, creo que la evocación de la modernidad que hacía Alexandre se refería más a la necesaria condición del «desapego» en las ciudades modernas. Y creo que, en eso, yo estaría de acuerdo con él sobre la ‘modernidad’ de Madrid.
Alexandre: Por resumir, que ya me he enrollado bastante. De Madrid, aunque desafine, cante les esperances i plore la poca fe. Más o menos. Y suelo analizarla sub specie Marxista: ha habido condiciones objetivas de la propiedad y la distribución de los medios de producción en los últimos setenta años y, más específicamente, en los desaforados y avariciosos quince, que han contribuido a la indolencia cívica de sus habitantes. Pero esta fue también la ciudad de la Movida (tanto como la de El País). Nada termina nunca de estar escrito, ¿no te parece? Al final voy a ser de un patriota que ni yo mismo sabía.
Comentábamos Francisco y yo el otro día (en la misma conversación que dio su forma definitiva a este apunte que me llevaba rondando desde que cerraron el primer Patio Maravillas) que catalanes, valencianos, vascos, gallegos (y asturianos, aragoneses, canarios, &c., &c.) lo tienen, en realidad, mucho más fácil: con reclamar lo perdido, les basta y les sobra. No tienen por qué hacer caso, para montarse el discurso, de las condiciones objetivas de la propiedad de los medios de producción, dicho sea con cariño forastero.
enero 29, 2010 at 12:39 pm
Miriam (que se me olvidaba): el prejuicio español querría que «cuando una viene del DF» viniera, precisamente, de un pueblito. De un pueblito de 30 millones de habitantes (tres cuartas partes de la población total de toda España) pero pueblito: lejano, latinoamericano, subdesarrollado, &c. Y sin embargo, mira qué cosas, yo tiro de la edición definitva del Erasmo y España de Bataillon hecha en México por el FCE y traducida por un mexicano. Puestos a prejuiciar, el prejuicio ortográfico español querría ortografiar México con jota. La memoria es fundamentalmente desmemoriada: por eso resulta, de alguna manera, un rasgo de la naturaleza humana tan fascinante como temible.
Donde fuiste a presentar el libro es la Casa de América, sin latina (esa está en el Bd. St.-Germain), que yo menciono en el apunte como la sede del neoimperialismo institucional español hacia Latinoamérica, dicha «Hispanoamérica» por los altos despachos de por aquí.
De México procuraba, hasta ahora, informarme por Francisco, mostoleño de nación como un servidor, que está a ver si remata este mismo fin de semana una dedicación de muchos años a Juan Rulfo y el Llano en llamas. Me ha puesto al corriente, por ejemplo, de las apabullantes librerías del DF.
enero 29, 2010 at 12:43 pm
PD: Son vds. dos unos liantes, que lo sepan. ¡Ya se me fue la mañana!
enero 30, 2010 at 12:01 am
Vean nada más cómo nos tratan en este blog…de liantes. ¿Quién le dijo a su administrador que se pusiera a linkear todas las ocurrencias que vinieran a cada frase? Yo la mayoría de hombres que conozco son monofocales, pero cuando son multitaks y les da por linkear, nadie les gana. Me da pena quitar el tiempo, lo digo por Alfonso de Zamora, no por Jesús de Prado.
enero 31, 2010 at 4:12 am
Eureka! Son más de las 4.00am pero llevo tres días tratándome de acordar. ¡El rastro! es lo primero que conocí de Madrí un domingo a mediodía y me encantó. Para no sonar a amargator, pura crítica. Un abrazo.
febrero 1, 2010 at 12:33 am
Normal que te llamara El Rastro: supongo que en el Campillo del Mundo Nuevo te sentirías como en casa. Aunque solo fuera por el nombre.
Por lo demás, Alfonso de momento no se me ha quejado. Supongo que es de tan buen conformar como Derrida. Por otra parte, no hay liantes dignos de tal nombre que puedan funcionar si no hay quien se deje liar por ellos.
חיבוק גם בשבילך
febrero 13, 2010 at 12:45 pm
[...] « – No Arab cultural center? – Not culture. Not Israeli culture, not Arab, not culture at all». [...]