El historiador, al tratar con el pasado, deberá utilizar las categorías de presencia y ausencia de un modo diferente al científico natural. En su caso no se podrá pasar de la presencia inmediata a la mediata, puesto que el pasado ni existe ni es observable. Y el utilizar al documento como instrumento para pasar de la presencia inmediata a la mediata es una falacia, ya que el documento ni hace presente al acontecimiento ni hace presentes a las personas del pasado, únicamente nos permite imaginar esas acciones y las sombras de esas personas, de acuerdo con las reglas que nuestra imaginación nos dicta. […]
La Historia es el saber de la ausencia, de una ausencia, además, que es irrecuperable; porque si examinamos las tres categorías de modalidad veremos que, al contrario que en las ciencias naturales, en historia [sic] la categoría de necesidad no posee aplicación, puesto que el devenir de los acontecimientos no está regido por leyes. En la Historia asistimos al dominio de la categoría de efectividad, unida, claro está, a la de posibilidad. […]
Si la Historia es el dominio de lo contingente, de lo que de posible ha llegado a ser efectivo y también es el dominio de la ausencia, de una ausencia que nunca podrá convertirse en una presencia efectiva e inmediata, entonces los historiadores actúan de la forma más opuesta a la de los científicos naturales. Estos últimos se negaban a reconocer rotundamente la presencia no efectiva, el historiador, por el contrario, no solo ha de partir de ella, sino, lo que es más problemático, quedarse precisamente ahí. El historiador sería como un mago, que pretende conjurar un pasado al que ya no puede volver gracias a la ayuda de un lenguaje en el que los enunciados realizativos funcionarían al revés, ya que no crean el futuro, como los imperativos, sino el pasado. El historiador lanza su discurso ante el pasado y la ausencia, pero no lo hace por razones sentimentales ni tampoco está solo. Su discurso es un discurso compartido, es ante todo un hecho social. Con él, aún siendo en el fondo consciente de la futilidad de su empeño, intenta, más que actualizar un pasado ausente reafirmar la existencia del presente, de un presente que, sobre todo a partir del siglo xix europeo, ha necesitado colonizar el pasado, colonizar lo que ya no es con el fin de poder controlar lo que será.
No tiene sentido, pues, como se suele decir, liberar el pasado, o descolonizarlo, pues, dada su falta de densidad ontológica, sería lo mismo que colonizar la nada. Los pasados básicamente se imaginan. Una corriente historiográfica es, ante todo, un conjunto de metáforas compartidas por los historiadores y su público, que pretenden describir lo que ya no es y otorgarle un sentido diferente al que tuvo y que no puede tener. Lo malo de las metáforas es que pueden colisionar entre sí, trayendo consigo víctimas, a veces mortales. Si la Historia no quiere conformarse con ese papel de suministradora de metáforas listas para la lucha deberá volverse hacia sí misma, pasar del objeto que cree describir al sujeto que lo construye y fundar sobre el análisis de las reglas que permiten esa construcción una disciplina que establezca sus límites, su legitimidad y que permita liberarse de su papel de instrumento de colonización de lo que ya no es para establecer el control de lo que será. Es a ese saber crítico de la historia que se puede contribuir, como en este caso, con el análisis de dos de las categorías del entendimiento histórico, cuyo buen uso era necesario establecer.
José Carlos Bermejo Barrera, ¿Qué es la historia teórica?, Tres Cantos (Madrid), Akal, 2004, págs. 84 y 85.
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«El hombre que perdió su nombre…», foto de Manuel Orero («Perolo Orero»), 2 de diciembre de 2008 (Coda: no se me pierdan la descripción de la fotografía a la que se llega clicando en su título).

noviembre 3, 2009 at 3:43 am
“Una corriente historiográfica es, ante todo, un conjunto de metáforas compartidas por los historiadores y su público, que pretenden describir lo que ya no es y otorgarle un sentido diferente al que tuvo y que no puede tener.”
Ese párrafo es fundamental, para hacer entender a la “nueva gente” lo que vivimos, en todos los ámbitos de la sociedad.
De las muchas cosas que somos capaz de distorsionar, probablemente la historia sea la más factible. De ahí las corrientes políticas, idealistas, y utópicas.
¿Juzgamos a la historia nosotros? ó ¿Es ella la que nos juzga a nosotros? Tiempo al tiempo … justo lo que no necesita ella (la historia). Parte pues, con ventaja.
Como te dije, un blog exquisito. Gracias por incluirme a tí.
noviembre 3, 2009 at 2:05 pm
Bueno, es que la Historia no juzga a nadie, porque no tiene conciencia. Los que hacemos la Historia y la deshacemos, sí. Ya señala Bermejo Barrera (con sintaxis mejorable a veces) que lo que hace peculiar al ejercicio de la Historia, que hacemos todos aunque solo lo profesionalicen algunos, es que debe enfrentarse con el vacío de la ausencia a cada paso que da. Luego, como bien dices, hay manipulaciones más o menos groseras pero no tanto, a mi juicio, de la «verdad histórica» sino del proceso de su búsqueda.
No diría que la Historia sea lo más fácil de distorsionar: alguna cosa como los afectos requeridos, las ambiciones autojustificadas o los deseos ciegos quizá deberían tomar la delantera en lo que toca a la distorsión.
Gracias por el elogio: un placer tenerte por aquí.
diciembre 3, 2009 at 3:48 am
por favor ayudaME CON LOS PRINCIPIOS DE LA EPISTEMOLOGIA SI GRACIAS
diciembre 4, 2009 at 6:06 pm
¿No convendría mejor empezar con los principios de la ortografía? ¿no? De nada.
enero 19, 2010 at 4:14 pm
[...] de narrarlo sin más. No estoy seguro de la posibilidad de la memoria: más bien lo estoy de su contrario. Ni me parece que la genealogía, ni la biológica ni la sentimental, sean inapelables. Pero quizá [...]
enero 26, 2010 at 3:27 pm
[...] método científico como conocedores de la totalidad de su extensión espacial y en su desarrollo temporal. Si asumiesen sus supuestos metafísicos, como Hegel, serían más coherentes. Hegel culminaba su [...]
enero 29, 2010 at 1:48 am
[...] por la noche cansada. / Con fijeza los ojos miran desde el frío, / delgados labios dicen los nombres de la muerte / y me aprisionan en una canción lenta. / ¿Cómo abriré caminos para regreso? / Pasos y tiempos [...]