[En la misma serie.]
Pues no recuerdo ahora mismo con qué mapas dan el tiempo en las televisiones israelíes o palestinas: me supongo que con el de siempre (versión neohebrea, versión arábiga).
Ahora, algo más me conozco cómo dan el tiempo los mapas mediáticos de esta península mía extremo-meditérranea. Cataluña, si no recuerdo mal, llega a Fraga pero no a Zaragoza; Valencia (en sentido laxo) abarca Elche y Castellón pero no Cuenca, Cartagena o Calaceite (un suponer). Sin embargo, Madrid llega hasta lo menos León (si no más ya) en dirección al norte; hasta Albacete (poco faltará para Gandía) en dirección sur, sureste. No recuerdo Andalucía pero diría que no se inmiscuye en el Algarve ni más allá de Chafarinas (aunque las teles marroquíes, si no voy errado – que puede que sí – si se lancen a la fantasía territorial de las Canarias, Ceuta, Melilla, Perejil/Layla/Maadnús y, a poco que uno lo mire con objetividad, de la Acequia Roja y el Río de Oro).
En fin: nacionalismo banal, el hijueputa siempre es el otro, la viga de cemento armado en el ojo propio siempre más ligera y grácil que la reprensible pajilla en el ojo ajeno, etc. Nada que vaya a alterar el ánimo más que habituado, «de Algeciras a Estambul», ya se sabe, que cantaba Serrat.
Una forma clásica de ponerse el mundo por montera es dibujar, colocar o exhibir un mapa. Gran impostura, los mapamundis europeos colocan al Viejo Continente en el centro del globo; los australianos ponen a los mares del sur en el foco. Nosotros, lo único importante, que decía el Fraga de camisa azul.
Cuán diferente actitud respecto a la de los miniaturistas de los primeros cartulanos, que acompañaban el descubrimiento y exploración de nuevos mundos. Aquellos predecesores pugnaban por abarcar lo nuevo. Sus sucesores hicieron de la cartografía coartada nacional. Hasta el paroxismo identitario, que aprovecha incluso el granizo para construir la nación.
A los añejos mapas de España prescindiendo de Portugal de la era del caudillo le sucedieron otros en que la lluvia se detenía en los confines políticos de la autonomía.
La impostura oportunista del nacionalismo periférico, gemelo del casticista, prescindía alegremente del interés viajero de su clientela y sus necesidades de preparar paraguas o sombrero. Importaba el tiempo en Mondragón, para nada en París, aunque esta ciudad fuera más frecuentada por los vascos que el caserío vecino.
La ETB del nuevo lehendakari de la Euskadi en vías de mayor normalización ha corregido ya ese dislate. Ofrece mapas meteorológicos con menos frontera política y más área de influencia calculada por la afluencia turística. Parece predicar que si el País Vasco es importante y atractivo no lo será por el protocolo cartulano, sino porque la ciudadanía vasca sea atractiva e importante.
Sufridos habitantes de otras autonomías, como la catalana, agradecerían la importación de ese modelo, que evita confundir la patria con el chubasquero: tanto mapa en TV-3 con Maó y Alacant y Andorra para consumo de ensoñadores. Cuán poca previsión del tiempo futuro en Sevilla, destino más frecuente para el barcelonés medio que Borriana.
Lo que vale para catalanes también vale para madrileños clientes de Telemadrid, ridículamente sobreinformados de los avatares climáticos en su Comunidad y lejanos, al escurialense modo, a los del ancho mundo. Usuarios, no patriotas.
«Usuarios, no patriotas», El País, 1 de julio de 2009.
Mapa del tiempo en El País (vía Quim Roig, vía Miquel Boronat previamente):

Julio 13, 2009 at 10:48 am
El pseudoeditorial ese que desde hará un par de años(más o menos ¿no?) El País cuela por la gatera, normalmente con muchas ínfulas y muy mala gramática, estaría muy bien en esta ocasión si, además de morigerar ese tono faltón y sobrado que le parece consustancial, pudiera denunciar una actitud provinciana que no padeciera la propia casa (ya lo has dicho: la viga y la pajilla). El problema es, por ejemplo, que una docena de páginas después de El Acento se encuentra uno con las páginas de deportes montadas sobre un principio único e inflexible: que los héroes y los villanos así como sus gestas o fracasos son más o menos importantes, alegres y dignos de elogio si son de la aldea de uno o de la del otro lado de la valla. Ni una mínima consideración al interés del asunto: lo que importa suele ser España, no el futbol, el baloncesto o el ciclismo.
Y ya puestos a emprender una reforma del discurso con criterios menos localistas y patrióticos, cambio al que estoy muy bien predispuesto, el mismo diario podría contagiarse de la prédica de su “acentuador” y dejar de servirnos las muchas morrallitas de política interior y aldeana con las que agasaja a sus sufridos lectores y dedicarse a informar con cierta frecuencia, rigor y un poco exhaustividad de lo que ocurre más allá del Estrecho de Gibraltar o el Pirineo Navarro, que al fin y al cabo lo que sucede en las montañas de Borneo, en la periferia de Riga o en la campiña galesa también puede interesar más que lo que sucede en Borriana y, cuán poca previsión, El País nos deja siempre ayunos de sus novedades.