[Anterior entrega de Solipsismos imperiales.]
Leo, por fin, El nacionalismo lingüístico: una ideología destructiva, de José Carlos Moreno Cabrera, publicado en 2008, en Barcelona, por Península. De momento está resultando una lectura tan nutricia como la suponía. Sospechaba que me iba a encontrar a un viejo conocido y no me falla. Aquí está, en una cita particularmente jugosa:
Que si no hubieran ido desapareciendo lenguas en el transcurso de la historia, porque en sus hablantes triunfó la fuerza de intercambio sobre el espíritu de campanario, no habríamos alcanzado el nivel de civilización en que nos hallamos y sólo existirían lenguas mínimas, lenguas de tribu o incluso simplemente familiares. Recordé que, a pesar de todo, existían aún hoy en el mundo cuatro o cinco mil lenguas, pero que la mitad de ellas, al menos, las hablaba menos gente de la que estaba presente en el teatro, y la mitad de esa mitad eran lenguas tan minúsculas que no contaban con más hablantes de los que pudieran caber sobradamente en un palco. Que muchas de esas lenguas minúsculas se van extinguiendo es evidente, pero no hay que lamentarse, porque eso quiere decir que sus posibles hablantes, los que las han ido abandonando, se han integrado en una lengua de intercambio, en una lengua más extensa y más poblada que les ha permitido ensanchar su mundo y sus perspectivas de futuro. Añado ahora que una lengua desaparece cuando muere la última persona que la hablaba y lo único triste de ese suceso es la muerte de esa persona.
Gregorio Salvador, «Lenguas minúsculas», diario ABC del 19 de enero de 2005.
Antiguamente, Gregorio Salvador, que nunca ha dejado de ser fiel a su soberbia, alumna aventajada de la escuela más decrépita, aunque dañina, de nuestra lingüística nacional, cofrade de la corporación que tiene el caserón de la calle madrileña de Felipe IV por casino de provincias para sus sesiones de brisca de los jueves, hubiera conseguido amargarme el día. Luego, en otra etapa vital, enfurecerme. Ahora ya le oigo -le leo- como quien oye llover (lluvia ácida). Ahora, sencillamente, con bastantes trienios de curiosidad y de investigación por los casos y las cosas lingüísticas a mis espalda, en base a mi formación de lingüística y a nivel de mi perfecta competencia de hablante indígena del español, afirmo que, en el caso de Gregorio Salvador, como en el de tantos otros que he vuelto a reencontrar infelizmente en mi retorno a mi patria chica («fui sobre agua edificada; mis muros de fuego son»), hay que decirlo más. Sencillamente, mucho más.
Coda:
A continuación se pregunta el eximio lingüista [Manuel Alvar] si el andaluz es una lengua o no. La contestación a esa pregunta es un rotundo no. De hecho, el andaluz es «es un caos en efervescencia, que no ha logrado establecer la reordenación del sistema roto». Es decir, según esto, hay cientos de miles de personas que no hablan una lengua, sino que logran entenderse milagrosamente mediante un caos lingüístico y, además, lo peor de todo es que este caos afecta incluso a las personas cultas.
José Carlos Moreno Cabrera, El nacionalismo lingüístico: una ideología destructiva, Barcelona, Península, 2008, pág. 99.
Enero 29, 2009 at 2:21 pm
[...] 5 Septiembre 2008 Solipsimos imperiales Posted by alfonsodezamora under General | Etiquetas: academia, españolidad, lengua, nacionalismo | [Actualización: Solipsismos imperiales, segunda entrega] [...]
Enero 31, 2009 at 10:00 am
Me alboroza descubrir nuevas complicidades, aunque cabía sospechar que en el caso de la admiración por Juan Carlos Moreno Cabrera era inevitable que nos encontráramos. Ya en su vigoroso “Dignidad e igualdad de las lenguas” desmontaba con memorable claridad expositiva muchos de los prejuicios lingüísticos más comunes, muchos de ellos cultivados y reproducidos no por el vulgo, sino por quienes pasan por ser autoridades, algunas como Manuel Alvar tenidos por maestros de la dialectología española (razón que explicaría que en muchas universidades españolas esa rama de la filología aun se enseñe con una terminología y concepción del siglo XIX).
De Salvador, también presunto dialectólogo, aunque cuando no ejerce de vicepresidente de la barraca su actividad más conocida sea la de cazar brujas, no creo que quede mucho por decir. Acaso que cuando está callado le echo de menos tanto como a su fiel secuaz Lodares. En la obra mencionada, Moreno cita otra de sus perlas para que no se nos pase por el alto el percal que manejamos:
”…podemos aseverar, con objetividad, que el español es, entre las grandes lenguas de intercambio y cultura, entre las lenguas supranacionales, la que ofrece mayores facilidades para el aprendizaje.”
Por cierto, que delicioso post etimológico podría hacerse a partir de la leyenda del blasón de nuestra villa ¿No le parece? (Bueno, le confieso que su poder de sugestión me ha alcanzado incluso para escribir el pequeño argumento de una historieta ilustrada para un amigo dibujante.)
Enero 31, 2009 at 10:46 am
Me parece (y empiezo comentando por lo más placentero). Hablabas tú el otro día en tu barraqueta (¿”la dolça barraqueta valenciana / s’amaga entre les flors”?) de los fines Cathaloniae, pero ¿y si se pusiera uno a echar cuentas de los fines matritenses? Yo no sé qué tendrá esta ciudad que es la más mía más que ninguna otra, pero, hiciera lo que hiciera, el pecado tuvo que ser muy gordo, porque las penitencias se las traen. En fin, y por resumir con la más rabiante actualidad, “espejo de lo que somos”. El lema, o motto, es, sencillamente, sublime -el histórico, no el de Telemadrid-; un trozo de historia grande y de misterio mayor en una ciudad a la que, con cierta velocidad y por la incuria de unos y el desprecio de otros, se ha querido reducir a algo que, sin ser falso, tiene, como todo lo que vino del magín de Camilo José Cela, mucho de mentira aún siendo verdad: “Madrid es un poblachón manchego mezcla de Navalcarnero y Kansas City”. Como se da la circunstancia de que conozco ambos burgos, Navalcarnero y Kansas City, puedo decir que no es tan así la cosa. Además, sin decir que lo sea extremadamente, Navalcarnero es una localidad ciertamente agradable. En fin, lo que queda de su casco histórico, al menos…
Sobre Lodares, que en gloria esté, Alvar y Salvador, cumple hacer ciertas distinciones, siguiendo el caveat que pone el mismo Juan Carlos Moreno Cabrera al principio de su libro: Se trata de un libro comprometido y, a veces, muy duro, que no intenta poner en cuestión la actividad intelectual de ninguna de las personas citadas sino, más bien, explicar los elementos fundacionales de lo que entiende el autor como ideología del nacionalismo lingüístico”. Desde luego, Alvar fue un grandísimo lingüista y un enorme dialectólogo, de oreja, entre otras cosas, finísima. Y un padre de sus muchos hijos, que los fue colocando de docentes bien remunerados en tantas y tantas universidades españolas. Como tantos y tantos, y de esos polvos vienen los lodazales que nos atenazan por todas partes, fue un hijo de su época (aparte, como digo, de un padre de sus hijos). Su pecado es que lo fue sin ambages. Menéndez Pidal no tuvo menos talento y fue no menos grande, pero no es menos criticable. Uno nunca sabe: entre las bromas del destino figura bien alta el hecho de que un tipo (a punto he estado de añadirle el “ejo”) como Claudio Sánchez Albornoz fuera… presidente de la República en el exilio.
Nunca acabaré de criticar la fastidiosa institución de la RAE, pero hay que reconocer que no todo es malo. Si prefieres, no todo es Luis María Ansón (prefiero la rima en consonante de este displicente trabajador y molesto ciudadano) o Juan Luis Cebrián. Está, por ejemplo, y recién entrada, Inés Fernández Ordóñez, cuya labor alaba el propio Moreno Cabrera en el prólogo. En mi trato, breve, con ella fue de una amabilidad digna de encomio, por lo rara en el gremio de los académicos. Esto era antes de que la hicieran miembra de la RAE. Por cierto que, sobre las academias normativas lingüísticas en general, tiene Moreno Cabrera un trabajo corto, interesante y en libre acceso, aquí: “Gramáticas y academias. Para una sociología del conocimiento de las lenguas”.
En suma, que haya lingüistas que desprecian las lenguas no debe de ser tan raro (no lo es, de hecho). Como los hebraístas antisemitas y los arabistas maurófobos, que son, no lo dudes, legión, curiosamente, a mi parecer, más que los hebraístas maurófobos aunque quizá algo menos que los arabistas antisemitas. No debe de ser un castigo divino porque, comparativamente, no he conocido muchos hispanistas hispanófobos. Bueno, miento, sí: en Francia. Mogollón.
Espero que el apunte sabatino mañanero de hoy sea de tu agrado, porque además va con destinatarias. A una, sin haberla visto nunca, la conoces tú.
Febrero 1, 2009 at 1:18 pm
Lo cortés no quita lo valiente, y un trabajo rico y esmerado de geografía lingüística como es el que yo conozco de Manuel Alvar, con algunas perlas lexicográficas deliciosas como esa dedicada a las hablas de los marineros de la península (o aquellas en las que plasma sus saberes judeoespañoles) no quita que esa misma obra tenga algunos tropezones ideológicos de gusto y composición dudosa. Ocurre, a veces, que los descendientes de Menéndez Pidal parecen casi verse obligados a rendir algunos tributos al maestro en forma de vindicaciones de lo castellano como argamasa de la patria. Y los resultados son tan aparatosos como los de la cita dichosa u otras que podría añadir.
Por lo demás, nadie dude de nuestro acuerdo en lo fundamental: la diferencia de talentos y virtudes entre Alvar y Salvador hace muy dolorosa para el segundo cualquier comparación.
En Madrid –no sabía que la maldad de Navalcarnero City se debía a Cela: Umbral se la atribuyó en una ocasión a los barceloneses, aunque siempre supe que era falso porque los barceloneses no sabemos dónde está Navalcarnero- tendría que decir que, por mi propensión exagerada a lo subalterno, me encuentro mejor cuando se la denosta que cuando se la hace que saque pecho. Me gusta perderme por sus hendiduras, por sus veredas más escondidas, por los merenderos y las quintas de las afueras, por los “atroces arrabales” de Gutiérrez Solana. Amo esa Madrid lateral, que descubro allí donde la vista de muchos madrileños sobrevenidos y oportunistas de todos los pelajes no alcanza y, por ende, me molesta cuando la manosean en exceso. También, huelga decirlo, cuando con una ferocidad y saña autodestructiva que he conocido en pocos lugares de Europa, nuestras brigadas de descorazonamiento civil sajan de esa Madrid todavía insólita y ramoniana gruesas lonchas de su encanto.
Febrero 1, 2009 at 11:46 pm
No tengo nada que añadir a tus apreciaciones sobre Alvar. Confieso que las afirmaciones de don Manuel que más me han hecho enarcar las cejas son las que le he leído referentes a América Latina y las lenguas llamadas indígenas. Y que estoy seguro de que Castilla no se ha merecido esos castellanistas.
Todo nuestro tejido urbano de sobrevivientes capitalinos debió de hundirse mucho antes de un sábado de mediados de julio del 36, pero existen indicios de que la capital tenía más de un gran Navalcarnero que de una Kansas City desarraigada “abans de la guerra”, que diría el poeta periodista de Burjassot: “Todo / eran grandes voces, sal de mercaderías, // aglomeraciones de pan palpitante, / mercados de mi barrio de Argüelles con su estatua / como un tintero pálido entre las merluzas: / el aceite llegaba a las cucharas, / un profundo latido / de pies y manos llenaba las calles, / metros, litros, esencia / aguda de la vida, / pescados hacinados, / contextura de techos con sol frío en el cual / la flecha se fatiga, / delirante marfil fino de las patatas, / tomates repetidos hasta el mar. // Y una mañana todo estaba ardiendo [...]“. Luego, vino el diluvio que dura cuarenta años… y pico. A veces me ha parecido que por fin nos hemos ido secando de la inundación. Otras, las más, me parece que no, y que nos han ido cayendo, después del Gran Diluvio, diluvios nuevos.
¿Los “merenderos y las quintas de las afueras”?: “Satur me esperaba en la calle. -¿Hacia dónde tiras?- Claramente trataba de aprovechar mi presunta malaconciencia para ahorrarse el infierno del transporte subterráneo. Por no mostrarme brusco, me mostré melifluo: -No sé… A casa no tengo ganas de ir. -¿Nos tomamos una botella de cerveza?-. Con el ceño engurruñado, acodado en la ventanilla, Satur aplicó su sistema respiratorio a silbar, vengativamente, machaconas armonías y a advertirme el semáforo, peatón, curva o cruce, que yo había advertido unos segundos antes. La ciudad se fue disolviendo en barrios inverosímiles, iglesias ecológicas, fábricas, barrancos, mesones, bares normativistas y estaciones de gasolina, hasta que atravesamos el primer pueblo -anexionado a la gran urbe- y encontramos, a uno y otro lado de la autopista, un campo horadado de tuberías y vías de ferrocarril, en venta las parcelas de lejano barbecho. Satur preguntó si es que proyectaba yo que tomásemos la botella de cerveza en el puente internacional de Hendaya. Entubados en el chorro de velocidad, cuando aparqué en el campero chiringuito, sufrimos la certidumbre de que habíamos hecho el idiota llegándonos hasta allí. En la explanada encontramos más furgonetas que automóviles, algún camión, dos tractores y una jauría de muchachitos, que en su continuo desplazamiento trasladaban la nube de polvo en que iban inmersos. [...] Si de la lejana y azulosa cordillera se enfocaba a más cercanas perspectivas, podía gozarse el panorama de cómo se ingiere melón, tortilla o escabeche, en familia y al fresquito. La traslaticia nube de polvo, excepcionalmente frenada, contemplaba en éxtasis los bajos de un camión de diez toneladas. [...] El mozo trajo la quinta botella de cerveza y el cuarto cubalibre, nada más encenderse las bombillas y quedarse el campo en ese balanceo de amanecida o anochecida, que sólo propicia la ambigüedad del sentimiento. Solicitado el mozo de localizarnos los aseos, fuimos guiados a unos surcos cercanos donde de espaldas a las familionas hicimos sitio orgánico a las futuras consumiciones.
En el artesonado había unas pequeñas estrellas. La brisa comenzó a oler a tomillo, sin dejar de oler a tripas de pescado, las voces adquirieron una fantasmal resonancia, las canciones del transistor se incorporaron al ruido que ya no se oye y allí, al borde de la carretera, anclaba una extraña complacencia. Satur, que las había devorado todas, encargó más patatas. Y boquerones en vinagre. Rompí el nirvana el tiempo preciso para jurar que, si alguien comía boquerones en mi mesa, me volvía de inmediato a la civilización. Satur cambió el pedido por el de chuletas. Y pan. Y otra botella de cerveza. Y un nuevo cubalibre para mí. El mozo, que resultaba ya como pariente, comentó la plácida noche que disfrutábamos, a diferencia de la costa cantábrica donde, según el último boletín metereológico, llovía desconsideradamente. Satur eructó y, recordando unas aptitudes que le venían desde niño, entonó “Amapola”, con el evidente designio de pasar luego al repertorio de zarzuela. A la segunda estrofa, tan olvidado Satur de Ramón y del enterado como de la guerra de Vietnam, la nube de polvo y los seres que en su entraña alentaban acamparon frente a nuestra mesa, siempre dispuestos a regalarse con el espectáculo que el mundo -para ellos, tan reciente- les ofreciese. A Satur la audiencia lo creció y, botellín en ristre, acalló las conversaciones, atronando la explanada y la inmensidad nocturna con la romanza de tenor de “La tabernera del puerto”, que fue aplaudida principalmente por manos femeninas y encadenada, a petición, con el “Himno a Valencia”, coreado, palmeado y pateado por los presentes, que debían de ser todos huertanos. El triunfo le evaporó la nebulosa felicidad y, en trance de llegar al alba berreando, se encontró Satur con mi voluntad de regresar. Pero de las otras mesas se alzó una expresa opinión a que, por mi puro capricho, se diese por finalizado tan bullicioso festival. Intenté que entendiese que ni la envidia, ni el despecho (sólo la desesperación), me obligaban a privarle o de vehículo o de la gloria. Se nos vino al debate una comisión de esposas, gordas y limpias, que le ofrecieron a Satur los medios de transporte conyugales y en cuya compañía Satur abandonó la mía. Aboné al mozo la cuenta, más propia de un Palace, y atravesé la explanada, en tanto la voz de Satur se esforzaba en conducir al orfeón por los adecuados tonos del folklore vizcaíno.”
¿Madrid lateral? Es el Madrid más “grande”, precisamente porque gana cuando pierde: ““Bendito sea el noble colchonero/ que pierde como sabio con garlopa/ para vosotros putas y dinero/ para mí Torres, Diego y otra copa”. Amén.
Febrero 2, 2009 at 10:28 am
…i el apunte sabatino mañanero?
Febrero 2, 2009 at 11:34 am
¡Jodía, no se te escapa una! Va haver un problema de retoque fotográfico, que en diuen. Crec que ja ho he arreglat. Com que està escrit, el penjaré l’“apunte lunedino prontovespertino”, inshallah, que dirien els jueus de Líbia…
Febrero 2, 2009 at 6:44 pm
No debería añadir más a esa exacta evocación del Madrid que me retiene. Y menos todavía un epílogo chismoso. Pero si algo he podido entender de esta ciudad, a veces incluso con fastidio, es que cada elevación poética que se haga de ella se ha de templar con una medida de zumba.
Y es que cuando el finísimo autor de esas páginas tan bien traidas recibió el premio Seix Barral y viajó a Barcelona a recibirlo, le esperaron en el aeropuerto los dos mandarines de la editorial, que ni tan siquiera habían visto de él una fotografía. Al aparecer con su característica pinta de funcionario, rechoncho, desmañado y con bigotito mesetario, Carlos dijo: “¡Joder, le hemos dado el galardón a un guardia civil!”
Esta y otras muchas desopilantes anécdotas las cuenta Martínez Sarrión en el trecer tomo de sus memorias “Jazz y días de lluvia”, que recomiendo impeso, por cierto, en Navalcarnero.
Febrero 3, 2009 at 2:51 am
Pues me apunto a Martínez Sarrión (gran tipo, por cierto) a la pila de recomendaciones de la Marieta. Eso y los veinte manuscritos, manuscrito arriba, manuscrito abajo, de Alfonso que alberga el Paraninfo complutense de la calle Noviciado es como para llevarse la bicicleta estática a la biblioteca para evitar la demasiada acumulación de grasa subcutánea intelectualoide.
¿Juanito? Juanito debió de ser un tipo estupendo. Como personaje púb(l)ico, una especie de Rafael Reig, me supongo. Con la misma afición al whisky aunque con diferentes usos de los adjetivos. Marieta, que sé que ens llegiràs ara o després: tu coneixes el Juanito de esas páginas tan bien traídas? Perquè si no el coneixes, haurem de fer-te conèixer-lo. No pots aterrir a Madrid sense haver-lo conegut, el Juanito de Gramática parda, perquè et pensaries que és una ciutat de subsecretaris i taxistes que esmorzen, dinar i sopen ccopeína.
Y, Alexandre, este blog, su autor y el tipo del que se ocupan son grandes chismorreros. Si yo os contara como le gusta darle al chismorreo a Alfonso de Zamora. Me salía para una serie antológica…
Un chismorreo de visión madrilesca de los catalanes, por lo de llamar a Juanito guardia civil: sabrás, como es de público conocimiento, que a los niños catalanes les regala la Generalitat unas gafas de pasta negra al nacer. Porque, venga, con la mano en el corazón, ¿tú has visto algún catalán que no lleve gafas de pasta negra? ¿Buenafuente? ¿Su sobrino Berto? ¿El Follonero? ¿Todos los licenciados en comunicación audiovisual de la Pompeu Fabra? L’última vegada que li vaig amollar això a una amiga de Terrassa (que porta ulleres de pasta negra) em va replicar que esteu tarats (entiéndase vosaltres els madrilenys. Y no le quito la razón, francamente. Pero es que en Madrid, a los gafapastas, los recluimos entre el Penta, la Vía Láctea (la de Malasaña, se entiende) y la cola de la Filmo, en Santa Isabel, no les vamos dando premios joves talents por ahí.
Sospecho que, en nuestras mejores manifestaciones raciales, lo que mejor se nos da es la derisión. Darle a la zumba. Pero es que si encima nos pusiéramos estupendos, siendo capital nada menos que de España…
Febrero 3, 2009 at 8:22 am
Sí, sí, el conec, no fa massa vaig rellegir Tormenta de verano, però no l’he reconegut, el fragment, fins que no he llegit de la “característica pinta de funcionario, rechoncho, desmañado y con bigotito mesetario”. Crec que no he llegit Gramàtica Parda, però la Mary Tribune sí.
Febrero 3, 2009 at 2:55 pm
Ves per on, tu n’has llegit un, Tormenta de verano. La Mary Tribune és esplèndida, esplèndida. I no només perquè segurament fos roja de cabells i amb pigues, que també…
Febrero 4, 2009 at 8:28 pm
Un gran tipus, Sarrión, sí senyor. A la Universitat l’imitavem molt amb un parell d’amics, perquè les seves compareixences al programa de Garci eren antològiques.
…i per parlar degudament del gafapastismo hauria primer d’eixir de l’esquizofrènia de fer delejar els barcelonins amb relats delirants del Madrid que m’he anat inventant a mesura i glosar als madrilenys els avantatges d’una civilització barcelonina que ja segurament només existeix en la meva voluntat i en un pathos que només s’aguanta en la distància. Quan he de baixar a la prosa, m’hi moc amb una torpor vergonyosa.
Febrero 4, 2009 at 10:41 pm
A casa no es torna mai (podríem posar-mos melangiosos), però mai no se’n troba tampoc, una de nova. Dit això, només ens queda posar-mos gats, com a gats nadiu i adoptat que som, amb el Ferran Torrent per València, del bracet surrealista de la Rita, per exemple…
¿“Torpor vergonyosa”? ¿Però vosté, mestre Alexandre, parla en vers? Que no serà en ottava rima, veritat? Perquè en parlarem dissabte, si Déu no hi posa remei…
Febrero 5, 2009 at 1:35 pm
dissabte?
Febrero 5, 2009 at 2:49 pm
Sí, dissabte, punyetera. Vaig arreglar -no massa bé- el desgavell tecnològic, però m’ho he pensat una miqueta més i m’he dit, com diu a sovint ma mare, si las cosas se hacen, se hacen bien. Aixina que estic mirant de transformar-lo en un post audio… Bé, audio només, però ja n’és prou.
Noviembre 6, 2009 at 1:30 am
[...] Carlos Moreno Cabrera, «Gramáticas y academias. Para una sociología del conocimiento de las lenguas», Arbor [...]